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Joaquín Cuevas Aller escritor
León

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L a publicación de un artículo mío en esta misma sección el día 6 de agosto con el título ‘Comunismo y cristianismo’ ha recibido numerosos y favorables comentarios. Entre ellos, hubo uno que matizaba su repulsa al capitalismo. Dice este comentarista que el capitalismo es deleznable y aborrecible por la explotación feroz del obrero en aras de los beneficios económicos del empresario.

En mi anterior artículo, mis referencias al comunismo como ideología destructiva, tal vez no fueran lo suficiente claras para demostrarlo, casi siempre quedan cosas en el tintero. Hoy quiero añadir algo más, algo que no me han contado, algo que he visto personalmente. El año 1960, quince años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, me establecí en Hamburgo, el puerto alemán más importante y uno de los más importantes del mundo. Algunos compañeros de trabajo me comentaban que habían visto con sus ojos hasta 1.000 aviones de las fuerzas aliadas, arrojando bombas sobre el puerto y sobre el polígono industrial donde estábamos. Pues bien, ni en el puerto ni en ningún rincón de la ciudad pude ver vestigio alguno de la guerra, todo estaba bien.

A principios de los años 80 hice un viaje de Hamburgo a Berlín. En lugar de ir por la autopista, en Alemania no había ninguna autopista de peaje, hice el viaje por la vieja carretera con el fin de conocer los pueblos de ambas Alemanias. Los pueblos de la occidental estaban en perfectas condiciones sin rastro de la guerra. En cambio, los pueblos de la oriental estaban como al finalizar la guerra, había rastros por todas partes.

Berlín fue una de las ciudades que más sufrió los avatares de la guerra. La parte Occidental, que no pertenecía a la Alemania Occidental, tenía plena autonomía, no tenía secuela alguna de la guerra. Estaba precioso con hermosas avenidas, una ciudad muy bien cuidada. Sin embargo, el Berlín Oriental, que era la capital de la Alemania Democrática, las casas se caían a pedazos. Una gran parte de la ciudad estaba tal como quedó al finalizar la Guerra el año 1945. Los pueblos y el Berlín oriental parecían otro mundo en comparación con los pueblos y el Berlín occidental. Era la diferencia entre comunismo y capitalismo.

En mis viajes por carreteras y autopistas de varios países comunistas pude ver docenas de grandes carteles de propaganda política. En todos ellos ponían Partido Socialista, nunca aparecía Partido Comunista, como si les diera vergüenza poner la palabra comunista. En Berlín Occidental gobernaba el Partido Socialdemócrata alemán, el SPD. El alcalde era Willy Brandt, un socialista admirado y querido por los alemanes. Brandt llegó a ser canciller de Alemania Occidental. Los comunistas del Este odiaban a muerte al Partido Socialista alemán y en especial a Willy Brandt. Le temían, sabían que era un grave peligro para ellos. A principios de los años 80 visité la ciudad polaca de Poznam. Entré en varios pisos de una gran barriada. Aquello no eran viviendas para seres humanos, aquello eran conejeras

Tal como decía en mi anterior artículo, el comunismo es una ideología socioeconómica caracterizada por la planificación colectiva de la vida comunitaria donde no existe la libertad del individuo para hacer aquello que su creatividad le dicta. La opinión del comunismo más radical tiene un denominador común: muerte, muerte a todos aquellos que no piensen como ellos. El capitalismo se basa en la libertad del individuo y tiene como base la economía de libre mercado, donde el individuo puede crear aquello que su imaginación y su conocimiento le permiten. Allí donde ha gobernado el comunismo sólo ha traído miseria y falta de libertad a los ciudadanos. El capitalismo ha conseguido los mayores estados de libertad y riqueza en el mundo. Esto es evidente, no hay más que ver la vida en los países comunistas y en los países capitalistas. No hay más que ver las inmensas emigraciones de personas de los países comunistas a los países capitalistas. En mi estancia en Alemania no conocí ni un solo alemán occidental que quisiera emigrar a la oriental. En cambio, miles de alemanes orientales emigraron a la occidental. Otros murieron en el intento, los comunistas disparaban a matar contra ellos.

Es cierto que en el capitalismo no es oro todo lo que reluce, suceden cosas que no debieran suceder; culpable, el Gobierno que lo permite. El Gobierno tiene la obligación de defender los intereses de todos los ciudadanos, por eso está obligado a tener estricto control de los productos considerados básicos. ¿Cómo se explica que el consumidor de leche en España pague el triple de lo que cobra el productor? La ministra de Agricultura ha dicho que su Ministerio no tiene competencia para controlar el precio de la leche, sin embargo, el Ministerio de Hacienda ha puesto el 21% de I.V.A a un producto tan básico como es la electricidad. Imaginemos como sería la vida si no hubiese energía eléctrica en el mundo. La actividad de la banca debería estar muy controlada por el Gobierno. El ejemplo de la banca en Suiza podría servir. En una ocasión entré en un banco en Suiza, pregunté al empleado lo que pagaba su banco por los depósitos de los clientes y lo que cobraba por los créditos. La diferencia entre lo que pagaba y lo que cobraba era el 2% y el banco ganaba dinero. En todo caso, el Gobierno debe permitir que el empresario tenga un beneficio justo.

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El problema es que en España los partidos políticos funcionan como empresarios. Tienen más asesores que afiliados, unos asesores que muchos de ellos no han dado un palo al agua ni tienen experiencia ni capacidad para desarrollar dignamente el trabajo asignado. Gozan de un buen sueldo; hace unos días un medio de comunicación contaba que el 65% de los asesores de la comunidad catalana tenía un sueldo mayor que el presidente del Gobierno de España. La formación de las autonomías, nido de amiguismo, ha sido la base de una subida abusiva de los impuestos y de una corrupción generalizada. Han arruinado las cajas de ahorro, desapareciendo miles de millones de euros. Lo más preocupante es que el dinero robado no aparece ni tampoco los culpables. Lo peor es que estos partidos no van a eliminar la raíz del problema de España: las autonomías, ni van a ejercer de políticos, seguirán siendo empresarios.