Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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No sé si recuerdan lo maravilloso de la llegada de septiembre, según una canción que tuvo buena aceptación en su tiempo. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Septiembre es ahora una especie de pistoletazo de salida no se sabe muy bien hacia qué metas, a no ser las que marca la lucha por la vida, después de cierta –solo cierta- relajación veraniega. El curso político tiene abiertos varios frentes, que aseguran otoño e invierno cálidos y comprometidos. Nunca puede perderse de vista el hecho de que los asuntos de la política no suelen estar donde los políticos creen, sino, y a pesar de todo, donde los ciudadanos determinan. Otra cosa muy distinta es saber hasta qué punto los primeros hacen caso a los segundos. En unos días, las elecciones catalanas, con el escenario que todos podemos contemplar y cuyas consecuencias son, al menos para servidor, imprevisibles. A continuación, las generales, con una campaña —ha empezado ya hace muchísimo tiempo, si es que han terminado, al margen del calendario que se establece legalmente— que ha de desembocar seguramente en un modelo de sociedad que, en tiempos tan cambiantes, convulsos y conflictivos, trace la senda de un futuro menos incierto, más fuerte, solidario y justo.

Supongamos, solo supongamos con buena intención, que este ruido en el que vivimos inmersos y en el que seguiremos aún durante mucho tiempo, no impida escuchar los problemas, reales y urgentes, que verdaderamente nos preocupan a los ciudadanos. Uno de ellos, fundamental en la estructura de cualquier sociedad, es la educación. Aunque se repite con insistencia, es necesario recordar constantemente que una de las fuerzas motrices y, por tanto, de futuro, reside en el esquema educativo que diseñemos. El problema, o uno de nuestros problemas es que la estructura educativa está excesivamente politizada. El testimonio viene avalado por el hecho de que en los últimos cuarenta y cinco años ha habido siete leyes educativas. Una verdadera locura, capaz de desorientar al mejor dispuesto y de romper los esquemas de estudiantes y profesores, que no tienen una seguridad de acción, continuidad y certezas. Unos y otros intentan salir de este embrollo carpetovetónico como buenamente saben y pueden, dentro de una desorientación generalizada, a pesar de que contamos con magníficos profesionales cuya implicación didáctica es conocida y reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras. Un ejemplo reciente, la cercana publicación de La nueva educación. Los retos y desafíos de un maestro de hoy, de César Bona, finalista del Global Teacher Prize, el llamado Premio Nobel de los Profesores y ahora fichado por el Departamento de Educación del Gobierno de Aragón. A ver si los padres de la patria se enteran y en esta campaña que continúa no se olvidan de hablar de la urgente necesidad de un gran pacto en la Educación. Al menos de un marco esencial de mínimos.

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