Publicado por
Venancio Iglesias Martín ESCRITOR
León

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T an vago! Siempre fue un vago obstinado. Tanto, tan perezoso que no aceptó ningún cambio importante en su vida, por el esfuerzo que suponía romper el imperativo categórico de la zanganería: no hagas mañana lo que puedas dejar de hacer el año que viene por estas fechas.

Cada vez que miraba un instrumento en el escaparate de las ferreterías, le costaba hasta preguntarse para qué servía, por miedo a imaginar el esfuerzo de su uso. Era descuidado además. No era infrecuente que al sacar el pañuelo de un bolsillo cayera rodando alguna moneda que jamás guardaba en un monedero; pues bien, jamás le vi agacharse a recogerla. Un día pensó que peligraba su vida, pues empezaba a costarle llevar la cuchara a la boca. Entonces se dio cuenta de que la misma pereza peligraba y aunque delgadito, volvió al esfuerzo mínimo de comer no más por mantener viva la pereza. Si iba al cine o al teatro, la pereza le llevaba a ponerse en el primer asiento de la última fila, al lado del pasillo, cerca de la puerta, por si repentinamente se aburría, no tener que recorrer el pasillo entero. Empezó un día a olvidarse de limpiar los labios antes de beber una copa y allí quedaba en el vidrio un pequeño arco iris de suciedad. Cuando se dio cuenta, con el dedo pulgar limpiaba disimuladamente el borde de la copa al dejarla sobre el mantel. Pero, como limpiarse los labios antes de beber le parecía excesivo, y su hija, —ay, padre qué distraído anda siempre— su hija lo vigilaba y lo reconvenía, un día abandonó el truco, y al siguiente dejó de beber cuando vio que le faltaban ánimos para pedir que le llenaran el vaso que quedaba impoluto sobre la mesa.

Uno de los chistes que más le hacían reír era el de aquel vago que llamó a una puerta y preguntó: —¿Es aquí el club de los vagos? ¿Sí? Pues que me entren. Al comienzo se identificaba con el vago y riéndose de aquel colmo, se reía de sí mismo pues sentía que él lo superaba. Después reía más brevemente porque le parecía esfuerzo excesivo reírse de sí mismo. Finalmente escogió la mueca más sencilla que no era ni risa, pero insinuaba que la gracia del cuento le había llegado.

Muy vago.

—Ven acá Onofre —le dijo un día riendo el párroco del lugar. Si tú hubieses sido Dios ¿dónde habrías hecho a Adán?

—Naturalmente en el Paraíso. Lo hizo bien. Era un Dios muy trabajador y bondadoso. Por eso lo puso en el Paraíso donde no había nada que hacer. Hasta la manzana se la sirvieron. Me pregunto por qué Dios dejó la peor tarea, lo más complicado, para el último día. Porque mira que es complicado hacer un hombre, el ser más complicado de la Naturaleza. Pues lo dejó para el séptimo día y puso en él todos los vicios y virtudes para el futuro, que eso no se ha dicho pero estaba insinuado en la dichosa manzana. Ahora bien, sabiendo lo que el hombre era, yo lo habría colocado junto a la puerta, para en último término, darle una patada en el culo y echarlo sin tener que buscarlo por el jardín.

Eso dijo el muy vago. Y el cura se santiguó como si viera al diablo. Onofre era la idea platónica de la zanganería. Y sin embargo reventaba de ideas y desasosiego. Y la felicidad no venía del ocio sino de su pensamiento desaforado.

Cuando la muerte llamó a su puerta se abandonó agradecido en sus brazos. Fue la acción más deliciosa: la de dejarse llevar sin ruido, la de largarse con sus inquietudes haciéndole la higa al mundo. La de dejar de pensar, ¡el oficio más costoso! Cerró un ojo, cerró el otro, relajó la cara y las manos, y estiró la pata. Y las beatas dijeron a una: -¡Qué cara de felicidad se le ha quedado… Y una de ellas que sabía que el vago no era creyente sugirió: -Hay que ponerle un rosario entre los dedos… que se fastidie. Tiene toda la eternidad para desenredarlo.

Recordando a mi vago, y viendo el paso de las horas me gustaría hacerme un programa de ocio total para pensar algo a fondo, y marcharme sin aspavientos, sin teatralidad, apagar la luz de las candilejas y hacer mutis por el foro sin decir ni mu, para no cansarme y no cansar a nadie.

Cuando escribí esta fabulación envidiosa, cachonda y un tanto desesperada, vi a mi gato Varufakis durmiendo a pata suelta en la ventana. La noche no me había sido propicia: algún demonio maligno, probablemente el de la acedia o acidia. Se trata de un diablo cabrón que me la jugó. Anduvo merodeando mis pesadillas, rompiendo cerámica o haciendo silbos de reptil entre los cendales del sueño, «Duermevuela» es la mejor manera de dormir porque se deja volar al alma en los más bellos sueños. ¡Duermevela! El peor de los insomnios. —¡No hay derecho! —dije en voz alta mirando al gato. Varufakis, sin abrir los ojos a la luz de la mañana, se mojó la patita en saliva y se pasó su blandas, sus rosadas almohadillas por la frente y las orejas. Luego volvió a relajarse. El zángano ni abrió los ojos para mirarme. Si un gato que no pesa nada duerme así, una vaca… Y me acordé de la canción de los mozos de Las Rozas allá por Reinosa y en los años treinta. Un canción que mi madre me cantaba algunas veces para hacerme reír y empezaba: «¡Quisiera ser güey u vaca/ u otro animal más grande!» Me hacía reír. Hoy me deja perplejo.

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¿Acaso, amigo leonés, no es esta una buena fábula y estimulante? Pero quiá. Tú eres feliz y te sientes en el paraíso. Eres quejica pero optimista y me dices: —Vivimos en el paraíso. Eres muy activo por fuera pero un Adán por dentro. Alguna vez te quejas con un «¡toda la puta vida trabajando!»... Pero eres feliz e hiperactivo y cuando miras la catenaria dices con fatua alegría: —Sólo nos faltaba el Ave y ya nos lo han traído. Ooooh. El Ave del Paraíso. Piensa una brizna. ¿Te lo has creído? ¿Te has creído que la velocidad traerá desarrollo? Pero si el desarrollo no es más que un señuelo de los políticos, una promesa en tiempo de elecciones… ¿No has visto a qué velocidad trabajan el móvil los guajes y nunca los vi más vagos y más torpes que ahora? ¡Velocidad! El pensamiento tiene paso cortito, lleunesín. ¡Alta velocidad! ¿Hasta ese punto desprecias las ideas? Despacio. Despacio. Al ritmo de la sangre. Te voy a decir una cosa. «Desarrollo» lleva el sentido de «rollo, arrullo y negación de ambos»… según mi vago y san Isidoro. No te digo más. Ah, sí. El lenguaje es el límite del pensamiento. El nivel lingüístico es el nivel del pensamiento y no sé con qué querrán pensar los «lliunesistas». ¿Con los restos de un idioma perdido? Diles por ejemplo que traduzcan al lliunés «Me gusta el tren de Alta Velocidad». ¡San Cristo, qué apuro! Y mira que son activos. Habrá que subvencionarlos o prometerles algo para el futuro.