Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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Í bamos a la misma clase desde que teníamos ocho años. Colegio de San Ignacio, Ponferrada, 1961-62. En el aula, un profesor joven que perpetró un crimen sin saberlo: nos dijo que los reyes eran los padres. Y allí se armó la estupefacción general. Porque los niños de preingreso éramos aún muy ingenuos; lo típico del tiempo y la mesocracia. Andrés Cuevas vivía cerca de casa y un día yo fui a verle, por no sé qué asunto de los deberes, y me lo encontré jugando con centenares de canicas, como si fueran un ejército.

Pronto destacó como uno de los mejores del aula, si no el mejor. Andrés era delgado, pacífico, observador. No le gustaba el fútbol, y como era uno de los pocos a los que yo lograba driblar, procuraba jugar cerca de él. Luego, en las clases de gimnasia, —donde ambos éramos de los peores claramente— sucedió algo casi prodigioso: un buen día llegó y en lugar de esconderse, como hacíamos antes y como yo seguí haciendo, él salió el primero a hacer el pino y a saltar el plinto y el potro, y otras torturas. ¿Qué había pasado? Nadie entendía nada. Pero seguramente ahí ya estaba el Andrés Cuevas de la voluntad y el talento, de superar retos, incluso los modestos retos de la clase de educación física.

Nos veíamos algunas veces, luego ya no supe más de él. Hasta que me contaron que era un gran sabio de la energía solar en California. Poco después dio el salto a Australia, donde lleva veintidós años. Aunque en ninguno de sus veranos se olvida de pasar unos días por el Bierzo. Donde sigue siendo el muchacho delgado, el mismo pelo, la misma mirada. Debe de ser cosa de las ventajas de trabajar con las células solares; esa energía limpia que viene del cielo.

Hace días leí una entrevista con Andrés. En la que el profesor ponferradino, que acaba de obtener un importante premio en su difícil especialidad, no tenía ningún reparo en decir su opinión sobre el delicadísimo asunto del carbón de esta provincia, ese tema que tantos ríos de tinta produce y que tantas contradicciones envuelve.

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Yo no entiendo ya casi nada de este asunto del carbón. Ni de camiones que vienen del puerto de Gijón con hulla de Polonia que luego disfrazan de hulla de Laciana y cosas así. No entiendo. Solo sé que hay que apoyar a las cuencas, ayudarles a buscar otro horizonte. Pero también sé que se han enterrado muchos millones de euros con ese fin, aunque con resultados muy modestos. En todo caso lo que importa es la gente. Los mineros y sus familias. Y los demás vecinos de esas tierras. Pero no por ello deja de resultarnos inapelable, aparte de valiente y empírico, el criterio de Andrés Cuevas, quien desde su elegancia de investigador sosegado, lanza una bomba de muy difícil réplica: «El carbón hay que dejarlo en la tierra. Porque el mundo ya no puede aceptar más monóxido de carbono en la atmósfera».