RÍO ARRIBA
Viviendo en el agujero
H a pasado por León un espectáculo que, seguramente por su rabiosa novedad, ha cosechado un notable éxito y ha tenido que prorrogar una semana su estancia en la ciudad. No es frecuente ver por estos lares un show que evoque los tiempos del cabaré, con su mezcla de sátira, burlesque y números circenses. Una de las primeras representaciones de que se tienen noticia se remonta a Le Chat Noir, en Montmartre, en las postrimerías del siglo XIX, aunque quizá sea el célebre Moulin Rouge el cabaré parisino que ostente mayor popularidad. Cabría reflexionar si en 2015 podemos esperar algún tipo de evolución, más allá del humor picante o soez y los manoseados recursos pseudopornográficos. En el cielo de la carpa, a una altura considerable, vemos a dos trapecistas prodigiosas que, no se sabe muy bien por qué, hacen sus cabriolas con las tetas al aire. Dos contorsionistas que hacen gala de una elasticidad y una fuerza sobrehumanas, se despiden del público, justamente entregado, quedándose en calzones. Mientras tanto, a lo largo y ancho de la obra, un tipo denominado el ‘Pony Loco’, cubierto solo con un taparrabos, y a veces montado en patines, se dedica (no necesariamente por este orden) a: 1. Husmear el culo de los espectadores. 2. Bajar los pantalones de algún cliente ebrio. 3. Ensayar o simular coitos con las mujeres que se habían sentado en las primeras filas (hay que decir que quienes ocupaban esos asientos, curiosamente tras desembolsar un buen fajo de euros, sabían a lo que se exponían). La maestra de ceremonias intercala algún gag memorable (como el de la bañera) con monólogos más o menos ingeniosos, pero no se le puede negar su veteranía. Contextualiza, como se dice ahora, su intervención con referencias a iconos leoneses de la hostelería, la noche y la política (donde sale nombrado, como no podía ser de otra manera, José Luis Rodríguez Zapatero) y, casi en el desenlace, brilla de irreverencia rezando el padre nuestro mientras sobrevuela la carpa. Es una lástima, precisamente, que también al final se aferre a los prejuicios del humor español más casposo, como cuando le espeta a un tipo con frac que cubre con sus manos las tetas de una artista, «¿Pero tú no eras maricón?». El público ríe la gracia a mandíbula batiente, se parte el eje, prorrumpe en una gran salva de aplausos. No pasa nada, The show must go on, como dicen los ingleses. Esa noche, al regresar a casa, proyectan en La 2 La colmena , de Mario Camus, y en una de sus escenas más célebres, un policía calma las iras de su compañero gruñendo despectivo: ««Déjalos marchar, hombre; solo son dos maricones y un poeta»». Pues eso, que va a ser verdad que en este país seguimos viviendo en un agujero.