Publicado por
Ara Antón. escritora
León

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H ace días leía con asombro en un diario nada sospechoso —supongo— de afinidad con el maldecido y denostado imperialismo, que en las excavaciones de Zultépec-Tecoaque se puede seguir la narración de la masacre realizada por los acolhuas, aliados de los aztecas, sobre una caravana de enfermos, mujeres y niños, que Hernán Cortés había organizado para que lo siguieran hasta Tenochtitlán, cuando se vio precisado a acudir en ayuda de Pedro de Alvarado y los pocos hombres que lo acompañaban y que había dejado como guarnición en la urbe azteca, mientras él guerreaba contra Pánfilo de Narváez, enviado a apresarlo por orden del gobernador de Cuba, a causa de la sempiterna envidia, omnipresente mácula hispana.

En Tenochtitlán, según algunas crónicas, desde mi punto de vista un tanto infantiles y sin una base real, Pedro de Alvarado, que comandaba apenas un centenar de hombres, se enfrentó a miles de aztecas y los provocó con faltas de respeto y desmanes, que hicieron que los altivos y aguerridos nativos se rebelarán contra él. No creo que haya que estar muy cargado de conocimientos y diplomas para deducir que don Pedro, un capitán avezado en múltiples batallas y enfrentamientos, no iba a ser tan estúpido y arrogante como para no saber cuáles eran sus efectivos.

El hecho es que Cortés, después de vencer a Pánfilo, se vio en la necesidad de acudir a Tenochtitlán a marchas forzadas, dejando tras de sí la caravana que, por las limitaciones de sus integrantes, no podía seguir su marcha. Quinientas cincuenta personas fueron ofrecidas, durante un periodo de nueve meses, a los terribles dioses que controlaban la vida de los inocentes salvajes, y su carne consumida por un pueblo que disfrazaba su escasez de proteínas animales con la exigencia de un panteón sangriento. Cuando, meses después de su huida de Tenochtitlán, en la terrible Noche Triste del 30 de junio al 1 de julio de 1520, en la que muchos de sus hombres fueron despellejados en los templos, mientras sus aterrados compañeros huían oyendo sus gritos de dolor, Cortés envió a uno de sus capitanes en busca de la caravana, este se encontró con el horror de sus cabezas cortadas, formando un estético montón, para disfrute de los dioses y, sobre todo, de los estómagos deficientemente alimentados de los acolhuas.

Y alguien dirá: «Bien. Otra historia más de la época de la Conquista». Sí, ese fue otro de los muchos sucedidos de un tiempo de guerras y matanzas como cualquier otro, en cualquier lugar y también con otras gentes que no fueron los españoles, los cuales, a día de hoy, parecen ser los únicos conquistadores y matarifes.

Todos los pueblos han cometido desmanes en épocas en las que el poder llegaba a través de la sangre, pero ninguno -léase ingleses y franceses- admite la crítica, y mucho menos la propia, ni se flagela para, con una mueca culpable, conseguir el perdón de lo que fue una verdadera epopeya, teñida de sangre, sí, pero también de nuestra sangre, incluida la de cincuenta mujeres y diez niños a los que tampoco se perdonó. Y, efectivamente, hubo venganza y uno de los capitanes de Cortés redujo el poblado a cenizas. Pero ¿qué habrían hecho esos «buenísimos» que lo critican, si una de esas mujeres o de esos niños hubieran sido los suyos?

Ninguna pérdida de vida humana, sea del color o del bando que sea tiene justificación, pero en ese artículo se exponen los hechos como sucedieron, con los dolores de ambos bandos y no solo de los pobrecitos indios, a los que, por cierto, jamás se encerró en reservas y que, por orden expresa de Isabel, se consideró ciudadanos de España.

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La Fiesta de la Hispanidad —con perdón— debería ser un definitivo entendimiento entre dos culturas y un apoyo y reconocimiento mutuo como seres iguales que, dejando atrás el pasado, buscan la paz, la concordia y la cooperación. Habrá gentes que, como yo misma, hayan agradecido ese artículo, en un momento en que lo más «progre» es atacar todo lo que signifique España o que tenga algo que ver con lo español. No es fácil construir un país haciendo tambalear sus cimientos. Aunque, a lo mejor no todos hemos entendido que se trata precisamente de eso, de desestabilizar, de atomizar, de disgregar, de restar poder volviendo a los Reinos de Taifas o, como les ocurrió a los pueblos prerromanos por su feroz independentismo, de caer en manos de Roma. ¿En qué manos vamos a caer ahora?