León

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N o sé cuál de los siete pecados capitales ha cometido el ex ecónomo de Astorga y ex secretario de la Prefactura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, Lucio Ángel Vallejo, pero todo apunta a que más de uno. Y en mayúscula. Sigue detenido, por presunto robo de documentos reservados del Vaticano, que han sido reproducidos en sendos libros sobre las dificultades con que se está encontrado el Pontífice para poner orden en las finanzas vaticanas, además de otros órdenes no menos escabrosos. Ya apuntaba soberbia, que es pecado capital, con su gran chalé minimalista en Celada de la Vega, merecedor del premio Castilla y León de Arquitectura. Entre vivir sobre una columna en el desierto, tal Simeón el estilita, y dentro de un vistoso cubo de cristal hay muchas posibilidades intermedias, incluida el cuartín en casa rectoral. Y además la vivienda no está registrada en el catastro, olvido muy extraño en alguien dedicado a poner en orden los números. También ha aparecido vinculada al caso una señorita rubia, Francesca Inmacolata Chaouqui, quien insiste en que ella es inocente. «Monseñor me ha metido en el baile», ha declarado. Bailar no es pecado capital en sí mismo, si la partitura no es mala. Por cierto, durante la posguerra proliferó un cartel —es posible que fuese diseñado mucho antes— en el que se leía: «Bailes Modernos. Joven... divierte de otra manera». En la ilustración, se mostraba a la juventud bailando con diablos y diablesas. Cuánto daño hizo al catolicismo español aquel absurdo puritano e inquisitorial. Cuánto mejor estamos los católicos ahora, con esta Iglesia, sin vetustas, con retos acorde con nuestro tiempo. Queda por barrer, pero hay escoba y ganas.

Sólo cabe sentirse solidario con los esfuerzos del papa, tan providencial para nuestro tiempo. Y con la Iglesia, víctima no de sí misma sino de quienes debiéndola servir la traicionan.

El caso del monseñor de los dineros parece muy complejo, como aquellos en los ronda el espionaje. Al padre Brown, el detective creado por Chesterton, le hubiese desbordado. Él se conformaba con resolver el enigma, no entregaba al culpable. Como creía en la gracia, el castigo —de merecerse— se lo dejaba a la justicia divina. Ay, los ángeles caídos.

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