Publicado por
álvaro miguélez
León

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U n grupo de amigos de la asociación Promonumenta nos dirigimos al macizo occidental de los Picos de Europa para pasar una jornada respirando aire puro, haciendo senderismo, para conocer el valle de Sajambre. Superadas las magníficas vistas sobre el pantano de Riaño iniciamos la subida del puerto Pontón. Un sol radiante nos predispone para pasar un día inolvidable. La carretera, sinuosa entre hayas, pinos, sabinas, abedules y fresnos, desciende hasta el valle de Sajambre donde Oseja, el pueblo más grande del valle, con exuberante arboleda y una cabaña de vacas, ovejas, cabras y caballos, sirve de cobijo para parejas jóvenes que encuentran una forma de vida en el turismo, la ganadería, caza, artesanía autóctona, recogida de frutos del monte, elaboración de quesos y colaboran como guías y guardas del valle.

La historia del valle se hace patente en una decena de hórreos que sobreviven entre las viviendas de Oseja y en el Museo Etnográfico, donde su creador José Manuel nos enseña cómo vivieron los habitantes de la localidad, pastores en su mayoría, y sus camas, aperos y enseres.

Por una carretera estrecha y pasando por el túnel bajo el pico Picancarón, por el que sólo pasan autobuses de menos de 40 plazas, llegamos a la perla de valle: Soto de Sajambre. Aquí nació el gran mecenas Félix de Martino que, de joven, se traslada a México donde consigue una sustanciosa fortuna. Quiso dedicar parte de ella a proporcionar un legado para mejorar las condiciones de vida y el nivel cultural de sus conciudadanos. Construyó una escuela (1907) y la dotó con los medios más modernos de la época: mapas, esferas, laboratorio, pupitres, etc. Una escuela, hoy museo, donde parece que el tiempo se paró en el primer cuarto del siglo XX. Para el pueblo creó un jardín botánico, un molino y una fábrica de luz que abastecía de energía eléctrica gratuita a los vecinos.

Los guías locales nos aconsejan varias rutas de montaña por La Jocica, Carombo, senda del Arcediano, pueblos de Sajambre, Vega de Llos y Majada o refugio de Vegabaño. Elegimos ésta última. Una subida, no difícil, entre cerezos, guindales, manzanos, perales, avellanos, nogales, tuyas, abetos; más arriba fresnos, encinas, robles, tejos, chopos, hayas y para terminar con monte bajo, helechos, pinos, encinas y praderas. Desde aquí disfrutamos del gran espectáculo de las piedras blanca, como llamaban los romanos a los Picos de Europa. Un descampado lleno de verde ideal para pasar la noche mirando las ‘cercanas’ estrellas.

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La vertiente leonesa de Picos requiere una atención especial por parte del Patronato del parque, de la Junta y de la Diputación. Ahora que la iniciativa privada se está consolidando abriendo hoteles y casas rurales, se necesita una mejora de las infraestructuras —ensanchando la carretera y el túnel de los accesos a Soto— y también una buena campaña de promoción por parte del Patronato del Parque Nacional de los Picos de Europa y del Consorcio de turismo de la Diputación.