EL RINCÓN
Último aviso
N os iban a echar el toro al corral, y lo que es peor, al corralito, cuando la Presidencia ha decidido que suenen los claros clarines. Hay que cambiar de tercio rápidamente, aunque el toro de Iberia se haya desmandado por culpa de un mayoral catalán, más ambicioso que experto. El Consejo de Estado ha emitido un dictamen sobre la declaración de independencia y ha dicho que no vale. No que no cuente, sino que no vale. Eso de consumar la ruptura histórica con España requiere más trámites y en el ruedo ibérico pintan algo incluso los monosabios. Siempre ha sido así, desde el chiquero de Altamira, aunque ahora se hable de mayorías simples y complicadas minorías. El presidente del Gobierno, señor Rajoy, que no es precisamente un manojo de nervios, ha optado por resolver rápidamente el llamado problema catalán, que no existiría sin algunos catalanes, y es más hereditario que congénito. Y quizá más sentimental que intelectual, pero ya sabemos que piensa el sentimiento en la misma proporción que siente el pensamiento. Lo más significativo es que la Fiscalía haya ordenado a los Mossos que denuncien los delitos de sedición, ya que nadie puede discutir a Cataluña, entre otras virtudes, una exquisita atención para los asuntos económicos. La prueba es que nadie haya calumniado a Pujol, no a su exdiscípulo amado Artur Mas, de ser pródigos. Ambos han repartido desigualmente el pan y el circo, aunque reservaran algún tiempo para actuar de equilibristas bajo la lona española. Fui el primero en llamar a Rajoy, con disculpable falta de respeto, don Tancredo. No se sabe de ninguna estatua que parpadee, ni mucho menos que estornude, pero ahora, por lo menos, está haciendo guiños. La respuesta del Estado ante la insumisión, también llamada desconexión, ha sido tardía, pero nunca es tarde si la respuesta es buena. El fracaso de Mas es una victoria para todos los que creemos que es mejor vivir juntos que llorar por separado. Las lágrimas no tienen nacionalidad.