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Lorenzo Silva
León

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S i existiera una determinación real de acabar con el Estado Islámico, apenas serían necesarias tres divisiones acorazadas, con fuerzas especiales y apoyo aéreo y artillero; en apenas unas horas podrían aniquilar el poder militar de la organización yihadista y despojarla de todo su territorio. Ese territorio que le es vital como base para entrenar suicidas y afirmar su califato, y le sirve para financiarse gracias a las reservas petrolíferas que atesora y a las exacciones establecidas sobre su población.

La estimación no la hace este columnista, que poco valdría, sino un reputado analista de geoestrategia especializado en la amenaza yihadista, el coronel Pedro Baños. Si se tiene en cuenta el territorio que ocupan los de Al Bagdadi, una planicie desértica por la que los carros de combate, respaldados por una artillería y un poder aéreo sin rival, podrían maniobrar a placer, no parece que lo que dice sea demasiado descabellado.

La pregunta, sobre esa premisa, es por qué no se ha hecho antes; antes de que el autoproclamado califato asestara un golpe salvaje y sangriento en el corazón de Europa, desde luego, pero también antes de que condujera a Siria e Irak a un estado de devastación que los convierte a ambos en países insolventes y disfuncionales, cuyos habitantes no tienen otra que huir despavoridos, si pueden (ingresando, de paso, más dinero en las arcas del Estado yihadista que, en su voracidad recaudatoria, no se priva de cobrar a los refugiados para dejarles salir).

Y la respuesta no es que no sea sencilla: es que nadie medianamente prudente e informado se atrevería a darla de manera categórica. Ha pesado, sin duda, la frustrante experiencia de las dos guerras previas, Irak y Afganistán, que han tenido un coste económico, político y en vidas humanas que a duras penas ha digerido la que sigue siendo hoy la primera potencia del mundo.

Ha influido el equilibrio de intereses y las distintas visiones que sobre el escenario tienen los Estados Unidos y Rusia, con un Putin resuelto y expeditivo y un Obama atrapado por su deseo de no convertirse en el iniciador de una guerra tras haberse presentado como adalid de la paz. Y por si alguien quiere complicarse la vida y la cabeza, puede probar a pensar en el duelo que en el tablero de Oriente Medio sostienen desde hace años Israel e Irán, dos potencias que se odian, pero no pueden atacarse frontalmente, y han jugado una y otra vez a hacerse daño por peones interpuestos. Los iraníes, para más inquietud, son chiíes, la corriente del Islam con la que se muestran más feroces los suníes radicales que dirigen el Estado Islámico.

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Otra pregunta, y ésta le incumbe a Francia, es por qué a estos apóstoles de la muerte les resulta tan fácil reclutar suicidas franceses. En fin: que estamos en un lío sensacional.