León

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A los que nos salieron los dientes en política en los años 80 nos cuesta asimilar un PSOE que apenas recibe un quinto de los votos en unas generales. Cuando la lotería se hacía repitiendo lo de ‘150.000 pesetas’, el felipismo se había asentado en todos los ámbitos de la sociedad de tal manera que ni lo inquietaban los roldanes, filesas, Otan sí o tal vez no, despachos de hermanos y ‘cuñaos’, GAL o aún debates televisivos perdidos... González ‘se nos fue’ en la cama y dejó La Moncloa cuando se hundió en un mar de autocomplacencia rodeado de pelotas. Y convirtió en líder, ahí es nada, a Aznar.

Entonces se estrenó lo de votar con la pinza en la nariz, algo que se ha consolidado en esta España donde Bárcenas y cia. no han rebajado el suelo electoral de los populares más allá del 28,7%.

Y eso que mirando los cuatro colores del parchís hay más de derrotas que de victorias, con unos azules desangrándose en forma de 3,7 millones de votos menos, con los rojos incapaces de tapar las fugas dejándose otros 1,5 millones de apoyos, los morados que no alcanzaron el cielo de ser ‘los otros’, y sobre todo los naranjas que se desfondaron o quizás retornaron al punto del que nunca llegaron a salir.

Con este mapa el otrora poderoso PSOE se convierte en algo así como un partido de bisagra, con el riesgo de mantener la hemorragia tanto si se arrima al pitón izquierdo como si mira al derecho. Y tampoco le vale devolver el morlaco hacia las elecciones anticipadas, porque quizás muchos que aún cogieron la ‘papela’ roja opten por seguir el salto de esa ‘marea’ que huyó hacia el morado.

Ayer arrancó una supuesta nueva era en la que cada uno es prisionero de sus compromisos de campaña —que los hubo y más de los que se ha dicho— y de esas líneas rojas que podrían dinamitar las distintas formaciones por dentro.

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Por aquí, en León, se cumplió aquella profecía de Guerra de esa España que no la conocería ni su mismísima madre, con el PSOE con un único diputado. Al PP se lo ha puesto muy fácil para esconderse sin ponerse encarnado a la hora de justificar que su mayor sangría (20%) fue en la ciudad donde crecieron sus dos candidatos. Pero eso ya es cosa de calculadora. Ayer probé a usarla y fui sumando por un lado las merinas y por otro las churras. Las cosas quedaron igualadas. Y en los restos, los que pueden llevarse el gordo, me quedaron CiU y PNV en medio. Y a esto llaman mandato de cambio...