TRIBUNA
La bodeguilla, un ocio social necesario
Q uizás queden pocos que prefieran este tipo de locales donde el vino es el elemento primordial. Ya sé que la tendencia, a pesar de ser España uno de los mayores productores de vino, gira hacia la cerveza. Eso es lo que nos manifiestan los críticos con criterio acertado. Viene una generación con otros hábitos y otras maneras de alternar. Antaño los había que iban de ronda y se tomaban sus buenas dosis de vino. Generalmente, cada uno pagaba una y, dependiendo de la cuadrilla, se tomaban más o menos. A veces, excepcionalmente, incluso se jugaba la ronda al chinchimoni o a los chinos —tradición que hace tiempo que no observo en los bares—. Consistía en adivinar el número de monedas que había en juego dentro de las manos cerradas. Algunos, no obstante, eran capaces de ser moderados y no pasaban de dos o tres vinos, que parece lo más aconsejable.
La taberna es un espacio en el que se va más allá del diálogo con la bebida. Es un compromiso social. Se alterna, se juega la partida, se conversa, se discute, se confiesa uno, se negocia, se flirtea, se convive, se mira... —ojo, con el gafe—. Y hay bares a los que va uno porque allí se dan cita los amigos. Más allá del vino y de la tapa, están la charla distendida y el humor. Son lugares a donde acude casi siempre la misma gente y el ambiente crea un clima de familia y de olvido momentáneo. Con razón algún cura filtró que era tan valiosa una iglesia como una bodeguilla. El silencio recogido y el ruido del diálogo son la cara y la cruz de la misma moneda, de la moneda más brillante que es la condición humana. Tal vez si hubiera más bares no aflorarían en los pueblos las rencillas y los desencuentros con tanta frecuencia.
Quisiera rendir un homenaje impagable a quienes llevan el bar con el esmera natural de un buen conductor de convivencia. Eso ocurre en ciertos bares: vas por el buen vino o por la tapa o sobre todo por el buen trato de quien está al frente. Hay bares que merecen el respeto máximo porque aglutinan todos estos factores. Eso pasa, en efecto, en El Salero de Pedro. Y en otros muchos, seguro. Pero este bar simboliza los modos que hacen atractiva la estancia durante unos minutos degustando un vino al calor de un buen talante y mejor ambiente.
No abogo por ir de bar en bar como hacían antes, como hicieron nuestros antecesores. Hay que ser comedido. Un par de vinos puede ser suficiente bagaje, como dije más arriba. Se trata de charlar amigablemente con quienes está uno más en sintonía. Y si, además, encuentras un local con el ambiente propicio, miel sobre hojuelas. Porque eso es lo que busca uno en el fondo. Acudo al bar porque estoy a gusto y, de paso, me tomo un vaso de vino en grata compañía. Si la taberna, también, ofrece la suficiente confianza como para hacer confidencias con el barman y los clientes, entonces uno desea fervientemente que llegue ese rato de ocio.
Me resulta grato acudir a diario a departir con los amigos (Fernando, Efrén, Pepín). Me resuelta grato y me siento agradecido por contar con su amistad. Importa tanto ese espacio de charla distendida como el tiempo dedicado a la lectura. En un caso, la compañía y en otro la soledad conforman dos eslabones esenciales de la vida en sociedad. La calle ofrece la variedad del paisaje humano en pie, la quietud del bar nos socializa y la reclusión en casa nos acerca a la meditación. Todo este mejunje de vaivenes levanta la vida íntegra del ser humano en movimiento. Más oculta queda la vida íntima, que es harina de otro costal.
No invito a consumir más alcohol. El bar oferta más productos y sobre todo remueve las distintas condiciones humanas en su más amplia riqueza. Si uno va con ánimo observador recogerá mil y una anécdotas para su satisfacción. Nunca podré olvidar de mis años por el Bierzo la riqueza infinita que destilaba —y destila, supongo— un juego llamado el truco. Estar de mirón era dar paso a la sorpresa continua por las constantes ocurrencias que referían los jugadores. Quizás de los juegos de cartas más llamativos porque el habla y la poesía estaban a pie de boca cada dos por tres, en contra de la seriedad y el mutismo de otros juegos tan afamados como el tute.
Mi agradecimiento a Pedro por mantener ese clima de reconciliación. Con frecuencia entramos en bares y salimos mascullando que no volvemos a entrar. Pero hay otros que te atrapan irremisiblemente. Y eso se lleva dentro. Eso va en la valía del que lleva el bar, como ocurre en El Salero de Santo Tirso.