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lorenzo silva
León

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N o hace muchos días vimos a los nuevos ocupantes de la carrera de San Jerónimo enseñando a los fotógrafos sus recién estrenadas carteras. El ingenio popular, que ahora tiene un aliado temible en el Photoshop, manipulaba esas instantáneas según se publicaban para convertirlas en chistes gráficos que corrían como pólvora por las redes sociales y que nos mostraban a los nuevos diputados como colegiales a principios de curso. Eran imágenes simpáticas, sonrientes, desenfadadas. Bien: el pasado domingo, a las diez menos diez de la noche, Carme Forcadell dio por concluido el recreo, al proclamar a Carles Puigdemont como 130º president de la Generalitat.

El independentismo catalán ha consumado su golpe de mano. Lo ha hecho de forma agónica, a trompicones, agotando la paciencia de todos y sembrando toda suerte de sospechas en la mente de los malpensados, incluida esa traca final del sacrificio de Mas, presentado en su día en el cuarto puesto de una lista de amalgama, sostenido durante meses contra viento y marea y apartado a última hora en favor de un candidato sorpresa que nunca se postuló como president a los electores. Ahora ya da igual todo: han formado una mayoría absoluta y quien por ella ha sido refrendado se siente con poder para emprender el camino que conduce directamente a la ruptura (cabría decir también el fracaso, o el derrumbe) del edificio constitucional.

Enfrente, ¿qué hay? Pues como ayer mismo recordó con arrogancia el ‘president’ recién investido, un Gobierno en funciones, sin mayoría y sin perspectiva de tenerla, y un presidente que lo es en régimen de eventualidad. El peor escenario posible para gestionar un reto mayúsculo, el más trascendental y comprometido que jamás haya afrontado el régimen instaurado en 1978. Rajoy, cómodamente enrocado en la ley, ha dejado pasar los cuatro años en que ha gozado de mayoría absoluta, sin salir en ningún momento de la más rigurosa inacción política. Ahora que no queda otra que actuar, el enemigo le pilla sin fuelle ni asiento, ocupado en su propia supervivencia como líder y sin más respuesta que ir detonando según avance la ola secesionista los artefactos legales que acaso no sirvan para detenerla; más bien, cabe temer que enardezcan el brío de los insurgentes.

No se sabe aún quién tendrá que parar y templar a ese toro, y puede que Rajoy, después de tanto esperarlo en el burladero, haya perdido el derecho a sujetar la muleta. Sea como fuere, hay algo que incumbe a todos, al propio Rajoy y a los suyos, al PSOE de Sánchez, y a esos emergentes perplejos que no están alcanzando a satisfacer las expectativas que generaron: ponerle enfrente a Puigdemont, como sea, un presidente del Gobierno de España al que no pueda mirar por encima del hombro.

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