Publicado por
Diego Carcedo
León

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E n la remodelación del Gobierno, Maduro ha incluido la creación de un ministerio estrella para a la promoción de la agricultura urbana A grandes problemas, soluciones imaginativas. Es lo que está implantando el inefable Nicolás Maduro en Venezuela. La economía del país anda manga por hombro, ya se sabe: escasea de todo, desde el papel higiénico hasta los anticonceptivos pasando por el aceite. Incluso hay que importar gasolina que tradicionalmente casi se regalaba; la moneda, el bolívar, se ha convertido en papel mojado y los estantes de los supermercados, tradicionalmente bien surtidos, se han quedado vacíos igual que los escaparates de las boutiques y las tiendas de barrio.

Lo que más se hace sentir, claro, es la escasez de alimentos. Muchas personas pasan hambre y no porque no tengan posibles para adquirirlos, sino porque no hay comida en el mercado si no es de estraperlo. Pero Nicolás Maduro se ve que es persona de recursos mentales y para paliar el problema de la falta de verduras, legumbres, leche y harina está poniendo en marcha un plan de creación de lo que ha denominado «Agricultura Urbana». Las ciudades, Caracas sin ir más lejos, pueden convertirse en granjas. Y en ello se está.

El mismo compatibiliza sus altas funciones de jefe del Estado y colabora con su mujer, Cilia Flores, quien también distrae tiempo a su ocupación como ministra, para cuidar en la residencia presidencial unas docenas de gallinas con las que conviven y les evitan tener que hacer colas a diario para comprar huevos. Es el ejemplo a seguir por los demás venezolanos; deben aprender que el asfalto, además de servir para caminar, puede volverse fértil. El problema es que Caracas es una ciudad escasa de aceras, pero la culpa no es del chavismo.

La idea, solo que a la inversa, fue ensayada hace cuatro décadas en Camboya por los jamer Rojos, solo que estos en vez de plantar de arroz las aceras de Nom Pen lo que hicieron fue obligar a sus habitantes a emigrar al campo para contribuir a mejorar sus cosechas y, de paso, en el camino del éxodo aligerar la población consumidora en varios millones de personas en un cruel genocidio. Maduro no llega a tanto, considera disciplinadamente que la iniciativa de «ruralizar» la ciudad ya la tenía in mente Hugo Chavez y quiere hacer las cosas más ordenadamente, planificadas por cabezas con sentido político.

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Antes de empezar a distribuir semillas para sembrar patatas en los pasos de peatones y abonar el asfalto para que crezcan las verduras, ha empezado por arriba y en la reciente remodelación del Gobierno ha incluido la creación de un ministerio estrella para a la promoción de la agricultura urbana que unirá sus esfuerzos al ya veterano y original Ministerio de la Felicidad para que entren los dos conviertan a Venezuela en el paraíso olvidado.