LA LIEBRE
El juicio
En 3, 2, 1... Volvemos a foco. Ya nos encontramos ahí otra vez. No ha hecho falta siquiera que nieve este año en la ciudad para que nos asedien las televisiones nacionales e internacionales con sus minutos de telediario y sus magacines. Las tenemos asomadas a la ventana que mañana se abrirá en la Audiencia Provincial, donde se juzgará el crimen de Isabel Carrasco. Sí, el asesinato de Isabel Carrasco, no el caso de Isabel Carrasco, por mucho que en estos 20 meses se hayan difuminado de tal forma los hechos como para que cunda la sensación entre buena parte de la opinión pública de que se juzga si estaba justificado que una persona se acercara por detrás a otra y le descerrajara tres tiros. Tres disparos para matarla. A sangre fría. Con premeditación. Un ajusticiamiento criminal sobre el que hay quien ya ha dictado sentencia, con su propio empobrecimiento personal a cuestas, desde ese rincón oscuro de la condición humana en el que guardamos los fantasmas que no queremos que vean los demás. Pero están y salen, por ejemplo, cuando en los pasillos, a media voz, todavía se oye a alguno de sus antiguos compañeros de partido deslizar con infamia que quien siembra vientos...
No. Este no es el juicio a Isabel Carrasco, aunque tuviera los suyos pendientes por otras cosas que nada tenían que ver con matar a alguien, sino con su función como representante pública. Mañana lo que comienza a juzgarse es un asesinato del que se acusa a tres personas. Un crimen cometido, según la confesión de la autora, porque supuestamente las había arruinado la vida a ella y a su hija, a la que no quiso dar el examen de las oposiciones para que se asentara en la Diputación como funcionaria después de haber entrado de manera interina con enchufe; sí, es cierto, como se denunció que habían hecho otros al amparo de la presidenta, bajo cuya sombra se cobijaron muchos que ahora reniegan de ella; casi tantos como los que formaron el ejército contrario que en estos momentos ocupa el mando de la plaza con soberbia.
Pero no. No hay atenuantes. Nadie tiene el derecho de arrogarse la sentencia sobre la vida de otra persona. El juicio debe servir para aclarar cómo fue cometido, quién tuvo responsabilidad en cada uno de los pasos dados y cuál es el castigo que merece de acuerdo a la ley. Nada más. Quien busque otra cosa sólo justifica un crimen.