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ENRIQUE ORTEGA HERREROS Psiquiatra y escritor
León

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Q ue las manadas necesitan líderes, es indiscutible. Las manadas humanas, también. Está inscrito en nuestros genes y no podemos sustraernos a esa ley, a menos que nos salgamos del lugar que ocupamos en la escala filogenética; y todo apunta a que eso no va a suceder, por el momento. Si un líder desaparece, aparece otro, seguro, bien motu propio o producido, gestado por la manada, la cual, después, ratificará o no su liderato, según convenga. En España, la gran manada está compuesta, como es obvio, por muchas y variopintas manadas menores. Unas con más ansias de dominar a las otras, incluso de destruirlas, y algunas de autoexcluirse. Sus líderes suelen ser astilla del mismo palo. Algunos más leñeros que otros. Los hay, también, marrulleros y traidores que engañan a la propia manada (o ésta se deja engañar…).

Este preámbulo, así como el título de este artículo, viene a cuento para analizar algunos aspectos de la situación política actual que es compleja de por sí, pero que se está complicando de una forma bochornosa y peligrosa. Se dice, y se da por hecho, que los políticos son elegidos para solucionar (o al menos intentar) los problemas de los ciudadanos. No todos los problemas, evidentemente, sólo aquellos para los cuales han sido elegidos por la manada, que no son pocos. Ese cometido no se está llevando a cabo por todos los líderes políticos. Más bien al contrario, aunque mientan descaradamente.

Voy a intentar ceñirme, por exigencia del espacio, a describir (no a analizar detenidamente) algunos ‘mimbres’ con los que se trata de tejer la cesta política donde pretenderán meternos a todos.

Coloquen ustedes, después, cada mimbre en los personajes, en los líderes correspondientes y, luego, traten de imaginarse cómo será la cesta…

Empecemos por algo que salta a la vista, la estética, que es una expresión más del «arte» creado por la civilización. El mensaje, el mimbre de la estética es evidente, es cultura, es respeto. La «contra estética» es símbolo de contracultura, ruptura, protesta contra lo establecido y, aún peor, contra la ley, que es la norma aceptada para la convivencia civilizada. Dentro de la estética entran los gestos que pueden dar un mensaje de armonía, de aquiescencia o todo lo contrario, de desafío, de disidencia.

En cuanto a las señas de identidad que definen a los líderes de las distintas manadas, la primera, sin duda alguna, es la filia por el poder (no confundir, por consonancia, con la filia por el «joder», que es una variante degenerada, y a veces sin degenerar, de la primera). La apetencia por el poder, por mandar, es parte esencial del ser del líder, tanto para bien como para mal. Lo del servicio, la entrega, el sacrificio etc. etc. a los demás es importante pero, a juzgar por la historia en ese asunto, secundario. Hay líderes que, con tal de tener poder, son capaces de «vender su alma al diablo» o de «bajarse los pantalones», según les convenga.

En cuanto a los ingredientes del alma de los líderes, los he calificado en positivos o negativos, según la escala de valores comúnmente aceptada por la civilización. Comenzaré por los negativos, que abundan más, y dejaré para el final los positivos, a modo de broche de oro o postre que endulce el espíritu…

Uno de los más llamativos y destructivos es el odio, que es definido por el diccionario como: «aborrecimiento hacia alguna persona o cosa cuyo mal se desea». A que les suena. Mimbre de muy mala calidad, podrido, es éste. Algo parecido le ocurre a la envidia, en la acepción del deseo perverso de apropiarse del bien del otro para sí. A que les suena también.

Y qué decir de mimbres como el egoísmo, la mentira, la cara dura, el cinismo, la hipocresía, el chalaneo, el engaño, la corrupción y demás familia… Se añaden, además, sobre todo en esta época, dos mimbres de muy mala calaña y que se prodigan mucho. Uno es el narcisismo, la egolatría más infantiloide y que alcanza la megalomanía. El otro es la agresividad destructiva que parece dominar su sentido particular de la justicia y que ha parasitado su cerebro. A que también les suenan los personajes que enarbolan sus banderas.

Los ingredientes positivos, los mejores mimbres, son el ansia de justicia, el respeto al adversario, el deseo de encontrar puntos de encuentro para buscar soluciones a los problemas de la ciudadanía, el apoyo y respeto a los débiles, la distribución equitativa de los dineros, la aceptación de la ley, y, cómo no, la decencia. Cabe preguntarse ahora, ¿quién es más decente o más indecente…?

Yo no creo que la política sea, fundamentalmente, el arte de seducir y engañar a la manada, primero para manipularla y aprovecharse de ella después.

En las situaciones difíciles, críticas, se pone de manifiesto lo mejor y lo peor del ser humano. La situación política actual en España es como una marmita al fuego adonde se echa de todo, de buena y mala calidad. Lo que no está previsto es lo que saldrá de ese «cocido», pero que todo hace pensar o temer que sea más bien bazofia y no un manjar, precisamente.

De momento, los líderes se enseñan sólo los dientes. Ojalá nunca lleguen a las dentelladas, aunque no se excluyen en absoluto. Precisamente, para que esto no ocurra, los miembros de las distintas manadas deben, debemos, reaccionar y exigir a los líderes cordura, un mínimo de honestidad y un compromiso por el bien de todos, dejando a un lado egoísmos torticeros; y que aporten los mejores mimbres para tejer la cesta que represente y engrandezca a España.

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Que lo mejor esté por venir. Sería terrible constatar que ni está ni se le espera.