TRIBUNA

¿Cómo decir España sin lanzar un gemido?

Publicado por
Venancio Iglesias Martín Catedrático de literatura
León

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C uando se ilumina esta pantalla en la que escribo, un sin fin de posibilidades se me abren a los ojos. Pero hay una dominante. La de apagarla. En principio aparece aquella primera sensación desasosegante que tenía la cuartilla en blanco, en la que iba a escribir justamente cuando estaba falto de ideas. En algunas películas americanas o inglesas, arrancar las hojas de la máquina de escribir, hacer con ellas una bola y arrojarlas a la papelera o sus alrededores, y repetir esa faena era una imagen-tiempo que señalaba la sequía productiva, la perplejidad ante la idea de escribir algo no valioso o la pincelada que dibujaba a un artista fracasado con una historia matrimonial tortuosa o de alcohol. (¿Intención de la secuencia? Pintar el famoso «malestar-en-la-cultura»).

Después de muchas dudas y vacilaciones escribes la palabra ‘hoy’ —inestabilidad, incertidumbre, desasosiego, daltonismo (gris opaco), náusea y espanto ante lo que la política promete. Eso es hoy.

Hoy, tras el barullo y la ineptitud de los políticos que tenían en las manos una posibilidad única en la historia de hacerlo bien, sobre todo habiendo salido de una dictadura «tan mala, tan mala» en que toda esa gente parecía haber escarmentado; después del endiosamiento de la «democracia» no definida por nadie y que ha degenerado en el desgobierno; y en fin, después de la degeneración de la ética política y las instituciones, no es el malestar en la cultura sino el malestar en el mundo configurado por la pajarada de los partidos que parece querer volver a tiempos de incertidumbre y enfrentamiento guerracivilista, y que se sorbe los mocos cuando suena la palabra «poder». Es que es muy bonito alcanzar «como sea» el poder para hacer lo que a uno le da la gana. Es muy lindo ufanarse del número de votantes, con un currículo miserable tanto intelectualmente como en el terreno de la gestión.

Digo: malestar ante una pantalla en blanco, con la perplejidad en los ojos y el pesimismo quevedesco en la mirada. Cuarenta años han pasado y toda la euforia democrática se ha vuelto incertidumbre ante la avidez de poder de los nuevos demagogos populistas, y ante la ineptitud final de los partidos tradicionales que, unos no saben lo que es una nación, otros hablan de federalismo sin saber de qué hablan, otros de independencia rompiendo con la Ley, la Constitución y cualquier otra fuerza que se oponga a sus pretensiones, y todos (antisistema creciente, derechas, izquierdas e independentistas) nadando en un tanque de mierda.

Y ¿la gente?.

La «gente» no es palabra que se refiera a nada concreto sino un recurso retórico de los nuevos partidos de tipo comunista, que tienen buen cuidado de no usar el desgastado término «pueblo», muy sospechoso, porque sobre ese término ha descansado toda la propaganda derivada del discurso convincente «estilo-estaca» del padrecito Stalin. ¿La gente? La gente no se entera o sufre de desmemoria.

Por eso, insisto: perplejidad ante la pantalla en blanco. ¿Cómo hablar de mi España sin lanzar un gemido —que diría Quevedo? ¿Y cómo hablar de futuro cuando el pasado inmediato indica rumbos que nunca debieron tomarse? ¿Por qué los partidos que dirigen son incapaces de análisis de la realidad y viven pendientes de las encuestas? La gente vota una idea… ¡claro! Aunque la variedad de gente es tal que una gran mayoría de esos votantes votan por aproximación o por rutina o porque están más alejados de las otras ideas, suponiendo que las tengan. La gente vota un «programa» dicen otros (y programa viene a significar lo mismo que «idea») ¡Claro! Pero siempre hay el cínico-sinvergüenza del partido, al que se le escapa aquello de que «los programas son para las elecciones no para el gobierno de la nación».

Entonces, ¿cómo hablar de atención y cuidado del paisaje en un artículo de opinión?¿Cómo narrar las peripecias de una vida en una novela, cuando el barco amenaza zozobra?¿Para qué la poesía? ¿Cómo hablar de la primavera cuando a uno le sube el asco a la garganta viendo la avidez de poder que esconden los pactos, viendo cómo se puede vender la Nación con tal de permanecer o alcanzar, casi en un golpe de mano, el poder?

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Sí. Ante la pantalla, es difícil utilizar la primera palabra mancillando la pureza del blanco con el significado asqueroso que la política da a las palabras; es difícil la primera palabra teniendo en cuenta el desparpajo indecente y charlatán de los nuevos salvapatrias, que utilizan las mismas palabras aprendidas en la miseria de lo que llaman «licenciatura en politología», viniendo como vienen de una universidad de pedorreta, barbarie y agitación; viniendo de una más que dudosa financiación becaria, de una ética de confrontación y un bajísimo nivel intelectual que recurre sistemáticamente a la descalificación o al insulto, a la insidia y la mala fe. No. No es fácil romper la blancura de la pantalla. Habría que escribir palabras muy duras para la «gente» que por otra parte padece de ceguera y cuya sordera es la que aquel gallego que la simulaba y finalmente decía: «eu nun oigo lo que nun quero. Eu teño bastante com a sexta». Ay, quizá fuera bueno no haber empezado este artículo porque, ante determinados paisajes tanto de belleza como de indecencia escandalosa, lo que procede es el silencio y la pantalla en blanco.