León

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P or más vueltas que le doy no entiendo quiénes son las autoproclamadas «fuerzas progresistas». Al menos, no en nuestra España actual. Antaño un progre era alguien con gafas, pantalones de pana y que llevaba trenka. Salía mucho en los chistes de Forges. Y tenía su reverso: el inmovilista, señor que se parecía a Saza; o mejor, a su personaje. Ambos existían como arquetipos, al igual que el macarra o el pera.

Pero ha llovido mucha democracia desde entonces. También nuestros padres dejaron de utilizar expresiones muy utilizadas por sus mayores, como «me voy a la Reconquista» o «me gusta Celia Gámez».

El lenguaje es así; cuando el significante se oxida, el significado se va a la porra. «A mí me gustan más los pimientines rojos que los verdes , ¿soy fuerza progresista?». «Bajé el piano al trastero y llevo una semana con paralís, ¿soy un inmovilista?».

La ciudadanía está perpleja. En cambio, Pablo Iglesias lo tiene tan claro que se ha propuesto para ser vicepresidente primero del Gobierno. Toma ciencias políticas. «Se está por el cambio o con el inmovilismo», ha sentenciado. Hay a quienes les ha parecido mal que fuese en mangas de camisa a su entrevista con el rey. A mí me pareció coherente con su ropero ideológico, cuando el ego es tu traje y la soberbia el bombín.

Por supuesto, necesitamos progreso político, pues toda democracia ha de ser dinámica. Pero hoy no puedes ser anarquista del 34, ni liberal decimonónico, tampoco comunista anterior a la caída del telón de acero o conservador a lo marqués de Leguineche. Lo que seas, de tu tiempo. Lo contrario es gritar «¡viva los quintos de la Legio VII!», cuando ya no hay mili.

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El fin de semana pasado saqué de la Biblioteca Pública una antología de historietas de «Rigoberto Picaporte, un solterón de mucho porte». Un clásico. Quise comprobar si seguía vigente. Algunas chanzas han quedado obsoletas, pero me he vuelto a desternillar con su virtuosismo en el fracaso. Al final, la señora madre de Curruquita siempre exclamaba: «¡qué bochorno, qué bochorno!». Su expresión se había quedado casi tan trasnochada como «fuerzas progresistas», pero todo hace indicar que la vamos a exclamar muy a menudo. Y, ay, no en su acepción meteorológica.