Diario de León
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Poca educación en

la inspección de Educación

S oy una mujer de León, madre de familia con dos hijas estudiantes. Si me he atrevido a compartir con ustedes mi último disgusto con la Administración no es para que se solidaricen conmigo sino por desahogo y tal vez para que no cunda el ejemplo de la inspectora con la que me he topado. Mi hija pequeña estudia una carrera universitaria en otra ciudad cercana pues no existe en el campus de León. Al mismo tiempo desea acabar el último curso de violín en el Conservatorio. Podría haberlo hecho en la ciudad donde ahora reside, pero le coinciden las clases, todos los días, con las de violín, lo que le llevó a pedir en el Conservatorio de León el grandísimo favor de que le permitieran matricularse y que le pusieran la clase por la mañana temprano, para después poder coger el autobús, llegar a su residencia, comer un bocado casi sin sentarse para poner rumbo a la facultad y estar allí toda la tarde. Sólo es un día, una hora a la semana. Bien poco es, ya lo sé, pero el programa de estudios es así. Para que el sacrificio de viaje para aquí, viaje para allá no fuera tan grande, la profesora, de forma muy generosa, le ofreció la posibilidad de dar dos horas de clase cada lunes, de 8.30 a 10.30, tiempo suficiente para corregir pequeños defectos, aconsejar algunas rutinas y, en fin, seguir encauzándola hacia el examen final para que lo pase con éxito ante el tribunal.

El hecho de juntar dos horas cada dos lunes era, primero, para aprovechar mejor el tiempo y, segundo, para que mi hija pudiese rentabilizar un poco mejor su horario. Este arreglo entre profesora y alumna contaba con el parabién del equipo directivo pero lo que no contábamos es que cinco meses después de haber comenzado el curso, la inspectora del centro devolviera el horario a la profesora y le dijera que lo modificara. La Inspección educativa sabía las circunstancias que concurren en este caso excepcional pero, por si hubiese algún malentendido en el que no hubiésemos reparado, hace uno días le pedí una cita y amablemente, al principio, me atendió. En cuanto empecé a hablar vi que esa aparente amabilidad había sido un espejismo. En toda la conversación, si es que a eso se le puede llamar así, se me trató como si fuese una pedigüeña que estuviese por encima de la ley y lejos de mí, yo sólo pretendo que mi hija se esfuerce y sea feliz.

Yo me pregunto, ¿qué ha hecho esta inspectora desde septiembre a febrero para no poder mirar el horario de la profesora? Y cuando se habla con una inspectora de educación ¿por qué tiene que mostrar tan mala y poca educación? Ya decía mi abuelo: en casa del herrero, cuchillo de palo. Lo reconozco, me hizo trizas y salí llorando de su despacho. Seguro que tiene toda la razón.

La única posibilidad que me ofrecía para mi hija es que siguiera yendo los lunes pero de 9.30 a 10.30, todos los lunes. Y seguro que lo hará. Se fastidiará, irá todos los lunes a clase sin comer, gastaremos lo que no tenemos en autobuses, pero lo hará.

A veces criticamos a los funcionarios por esto o por aquello y, a lo mejor es que no pueden hacer más de lo que hacen, porque como se salgan un milímetro de lo que la normativa dice, aunque sea en beneficio de un alumno, quedan señalados. Yo sólo puedo aplaudir a esta magnífica profesora y dar todo mi apoyo y mi cariño a mi hija.

Mª de las Mercedes Fernández. león

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