Diario de León
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fuego amigo ernesto escapa
León

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E n la frontera leonesa del Cea, Valderas tiene su territorio salpicado de enclaves, montes ducales y un coto filosófico que albergó las últimas melancolías de Ortega. Situada sobre el altozano que marca la frontera entre los Oteros del Rey y la Tierra de Campos, suavemente bordeada por las choperas del Cea, se aúpa la muy noble, muy leal, muy antigua y desmejorada villa de Valderas. Hasta hace medio siglo, rompeolas de la ilustración terracampina, y ahora orillada de todas las rutas, menos las del bacalao y el chamarileo. El padre Isla lamentó su caída.

Valderas formó con Villafranca del Bierzo la pareja de villas históricas que con más encanto monumental traspasaron la frontera de la modernidad. Eran dos capitales de la cultura adornadas de nobles casas blasonadas, monumentos civiles y eclesiásticos, una nutrida tradición de orfeones y, en el caso de Valderas, una industriosa proyección mercantil de su remota aljama judía. Luego, las sucesivas pérdidas y destrozos han ido menguando aquellas galas históricas, de manera que lo que hoy puede ver el curioso no es más que el espectro demacrado y triste de la antigua villa almenada. A lo largo de una historia jalonada de actitudes heroicas, Valderas ha sido fecunda madrastra de gente de misa y pluma, como el Padre Isla, don Antonio de Lama o el obispo indiano Panduro.

Sin ir más lejos a buscar ejemplos, baste mencionar el levantamiento de fines del catorce contra el duque de Lancaster, pretendiente de la corona de Castilla. Antes de claudicar y entregarse a los ingleses, incendian la ciudad. De aquel gesto recogen la concesión del Privilegio Grande, otorgado por Juan I, que resume regalías y beneficios. La tradición asegura que también resistieron bravamente el asedio de los franceses durante la Guerra de Independencia, aunque a propósito de este lance, menudean versiones contradictorias, que van desde la valerosa resistencia al obsequioso hospedaje para el emperador. Según quién traiga el cuento.

En los felices veinte del pasado siglo Valderas se convirtió también en patria del naipe y otros vicios del azar, hasta que la decadencia apagó su renombre como capital del juego de las chapas. Sin embargo, nunca perdieron los de Valderas su fama de bullangueros, jaraneros y ahumados. Lo último, a causa de los sucesivos fuegos que tiznan su historia e ilustran el escudo. Lo demás, por envidia. No en vano el ministro Alonso Castrillo la convirtió en centro radial de siete carreteras y estación de un ramal de los ferrocarriles secundarios de Castilla, que enlazaba Palanquinos con Medina de Rioseco. Al día de hoy, nada queda ya de aquella ostentosa centralidad de asfalto, raíles, latín y humanidades en esta barbacana de León sobre la frontera del Cea.

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