Diario de León
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en blanco javier tomé
León

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L eo con cierta nostalgia que se han cumplido 50 años desde que Mariano Arias Chamorro, más conocido como Marianín, se estrenó en la competición de categoría nacional. La ley del fútbol se escribe sobre el césped, y por ello el mítico goleador faberense, dotado de un sexto sentido inefable para saber dónde caería el balón, iniciaba una carrera que acabaría por convertirle en un clásico del balompié leonés. Creo sinceramente que el fútbol, ese cóctel letal de pasión, deporte y emoción, es capaz de hacer soportable el tedio de lo humano, hasta el punto de convertirse en el show más universal. Aún guardo, en los anaqueles de la memoria, aquellas tardes épicas vividas a comienzos de la década de los 70 en el Amilivia, un estadio que olía a hierba fresca, a puro y a un juego fresco y generoso, protagonizado por un equipo de ensueño que estaba siempre dispuesto a morir con las botas puestas. El campo se quedaba pequeño cada jornada, con el graderío efervescente y abarrotado, para disfrutar de peleas magníficas con contrarios de tanto relumbrón como el Real Zaragoza. La ciudad respiraba culturalismo a tiempo completo, especialmente cuando se acercaba el momento sagrado del domingo, a las cinco de la tarde, dispuesta a vibrar con otro de aquellos partidos que echaban humo.

Se ascendió a Segunda División gracias a una escuadra integrada por varios apóstoles con nombre propio: Maño, el cacique de la defensa; Félix, un extraordinario filtrador de pases; o Piñán, jugador atrevido y muy generoso en el derroche físico. ¿Y qué decir de la delantera, compuesta por una retahíla de hombres que los aficionados veneramos igual que a las tablas de la Ley? Ovalle en la banda derecha, un diablo cuando tenía metros por delante, acompañado por Paco Villafañe, un artista que destilaba un fútbol de seda. En el otro lado del campo, Larrauri era un jugador de cabeza levantada que mandaba con la mirada, y a su lado Zuazaga, un torrente que convertía a los defensas en guiñapos. Y en el centro, el gran Marianín, un prodigio que siempre acertaba con el descabello. ¡Qué tiempos!

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