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TRIBUNA

Otros nuevos aires para nuestra Universidad: la esperanza del 10-M

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León

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E n una institución adecuadamente gobernada las personas se sienten a gusto, cada uno cumple con su cometido y lo disfruta, se realiza en su tarea y tiene buenas expectativas de futuro, piensa que le merece la pena esmerarse, que le compensa. Los malos gobiernos, en cambio, salen adelante a base de enfrentar a todos con todos, de crear mal ambiente, de fomentar la desconfianza, de incrementar el resentimiento y los resquemores. Cuando, en la universidad, cada profesor ve en los colegas rivales y en los cargos académicos percibe desgana y hasta mala voluntad, es porque no hay una dirección capaz ni un proyecto serio para el progreso en común. Cuando a quienes forman parte del personal de administración y servicios no se les trata con la consideración debida a lo que son, especialistas en la gestión y administración que han obtenido sus plazas en concursos serios y exigentes, sino como subalternos a merced de las coyunturas y el capricho, es porque la buena marcha de la institución universitaria importa menos que el control de las personas y la sumisión de los servidores. Cuando a los estudiantes se les deja a su suerte y nada más que interesa cobrarles la matrícula y allá se las compongan luego, es porque no se tiene en cuenta que no son simples clientes, sino profesionales del estudio con derecho a atención y calidad del servicio que se les presta y por el que pagan -y mucho-. Hubo aquí que hacer economías, como en tantas otras universidades cuando llegó la crisis. Pero, para ahorrar, no se suprimieron más de cuatro puestos inútiles, pero renumerados, sino que se hizo una nueva contrata con una empresa de limpieza que ahora no paga a sus trabajadoras.

Cuesta creerlo, pero alguna vez nos hemos encontrado en la calle o en el bar a un rector que, tras los saludos correspondientes, se ha puesto a insinuarnos que cuidado porque nuestro compañero de área y vecino de despacho nos quiere birlar la plaza a la que aspiramos. ¿Inimaginable? Sí, pero bien cierto. Puede que fuera de León no lo conciban, pero en nuestra Universidad se han cambiado las condiciones de un concurso de promoción del PAS cuando ya se habían celebrado las pruebas y mientras se evaluaban los ejercicios. ¿Difícil de concebir? Sí, pero aquí ha pasado. No es probable que en otras universidades haya ocurrido, pero en la nuestra se han tramitado defectuosamente plazas de promoción para profesores acreditados, dando pie a recursos y admitiéndolos la autoridad con gusto digno de mejor causa. O hay incompetencia o hay mala fe cuando así se actúa; o mitad y mitad. Difícil de entender, pero ha pasado, y hace bien poco. En las universidades españolas, prácticamente en todas, los profesores acreditados para titulares o catedráticos saben cuándo podrán promocionar y con qué criterios. Aquí no. Aquí se lanza a los contratados contra los funcionarios y a los funcionarios contra los contratados, a los de unas disciplinas contra los de otras, a los de ciencias contra los de letras y a la inversa, a los antiguos contra los modernos, y al revés. Aquí lo que se fomenta es la rencilla y el descontento, porque, extrañamente, parece que quien gobierna se siente más seguro así. Aquí el rey se sabe tuerto y a los demás nos quiere ciegos. Aquí se mantiene revuelto el río para ganancia de rectores.

Nos dividen para vencernos, nos aíslan para dominarnos, nos ignoran para que nos humillemos, nos prometen para engatusarnos y nos dan largas para que supliquemos. Y ya basta. Somos profesores, administradores y estudiantes, somos profesionales, no marionetas. Tenemos dignidad y merecemos que con dignidad se nos gobierne.

Pese al pasado reciente de intrigas y maniobras de división y de despiste, el buen gobierno de una institución como esta, con auténticos profesionales de la docencia, la investigación y la gestión, lo que requiere es crear las condiciones para que cada uno haga lo que sabe y le compete, procurar el clima para que el tiempo se gaste en trabajar y no en conspiraciones y cuchicheos. Tenemos que darle al estudiante la buena enseñanza que reclama, al gestor la independencia y tranquilidad que le corresponde y al docente e investigador el respeto que por su trabajo merece. Ni más ni menos. Cuando a algún grupo de funcionarios o trabajadores le toque ascender o promocionar, se han de manejar criterios claros y procedimientos transparentes. Sin trampa ni cartón. Sin favoritismos. Cuando a los estudiantes les surjan dificultades, se les tiene que dar orientación y apoyo tangible, no palmaditas en la espalda y si te vi no me acuerdo. Cuando se dispone de personal capacitado para competir nacional e internacionalmente al más alto nivel de la docencia y la investigación, hay que poner sobre la mesa incentivos y apoyo, no cortapisas o indiferencia.

Indiferencia es una palabra muy importante aquí y ahora. Expresa exactamente cómo nos hemos sentido tratados durante años los estudiantes, los profesores y el personal de administración y servicios. Todos hemos sido igual de indiferentes para el rectorado. Ignorados, igualados a la baja. El que aprueba como el que suspende, el que investiga como el que se echa a la bartola, el que bien enseña como el que se evade, el cumplidor y esmerado como el absentista, el premiado como el apático, el que con proyectos trae dinero para la Universidad como el que ninguno consigue, el que publica como el ágrafo. Indiferentes todos, simples números, estadística estudiantil o fría plantilla laboral. Hasta que llegan nuevas elecciones y nos llaman a capítulo y los mismos de antes nos juran amor eterno y esplendoroso futuro.

Hacer que progrese una Universidad como esta de León es posible si hay buena voluntad y ganas: por eso, merece la pena probar un nuevo equipo de gobierno. Hacer que ganemos todos con un trabajo mejor y una ilusión renovada es viable si quien gobierna nada más que busca el bien de la institución: por eso, demos una oportunidad a un Rector y un equipo con «otros aires». Porque podemos estar orgullosos de nuestra Universidad, de sus estudiantes, de nosotros mismos y de nuestros compañeros, es hora de que pasemos página y enterremos más de cuatro vicios adquiridos: la desunión, los celos, el desaliento, la vil habladuría de barra de café o de despacho con malos humos.

Va siendo hora de que el nuevo Rector y su equipo se parezcan al personal y los estudiantes de la Universidad de León, que es una gran universidad, a pesar de tantos pesares. Es tiempo de que tengamos lo que en verdad merecemos. El 10 de marzo es la ocasión para ello. Está en nuestras manos.

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