Marta, Yiya y Rym
N o es el comienzo de una canción infantil en plan Pinocho fue a pescar ni las protagonistas de una serie del tipo Las tres mellizas . Hablamos del «mejor peor programa de la televisión», como dice un buen amigo con el que suelo estar de acuerdo en casi todo. Marta, Rym y Yiya son las infantillas del ‘reality’ —aunque ahí hay de todo menos realidad— Un príncipe para tres princesas , la locura total de los lunes por la noche en Cuatro. Un programa cuya idea original la podrían haber tenido Pocholo y Naty Abascal después de una cogorza de Anís del Mono. Tres aspirantas a Paris Hilton con resabios ocultos y mucha pinta de haber frecuentado las gogoteras y los sillones de sky de algún Pachá poligonero. Una camina como si hubiera nacido en la Quinta Avenida pero en realidad viene directamente de Los Molares (Sevilla), otra cuando habla parece estar, a la vez, dormida, borracha y cachonda, y la última, la malasañera tatuada, es en realidad la más simple de todas.
El espacio está pensado para que lo pueda comprender hasta un mandril con sordera. Una tropa de mancebos casi todos clónicos en pelo y abdominales deben superar diversas pruebas para hacerse con el favor de las princesas. Es El rapto de las sabinas pero en versión analfabeta y de extrarradio. Porque son unos gañanazos de aúpa, tanto ellas como ellos. Aparte de boquear de ignorancia ante la palabra «palaciego» (como para preguntarles por la teoría de la relatividad), hemos podido escuchar de sus boquitas perlas como «soy guapo, lo sé. No soy narcisista pero me amo», «tengo mi toque picarón: me conozco los 720 pokémon», «¿es marroquí? Creí que era negro», «dime algo bonito que pueda poner en mi estado de whatsapp»; sin olvidar al grandioso Padilla, un árbitro al que ya me gustaría ver pitar en un Galatasaray-Fenerbahçe. «Si así impresiona (la catedral de Notre Dame), recién hecha tenía que ser increíble...».
Y así y todo, aquí nadie engaña a nadie. Tiene tanta y tan buena labor de montaje, hay tanto guión entreverado y son los personajes tan cándidos en su incultura fina que la cosa se asemeja a una ficción surreal, esperpento nacional con vocación de serlo. Es triste, pero a veces se adivina más dignidad en estos paletos que en los políticos con sus falsos pactos.