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cuerpo a tierra antonio manilla
León

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Hace bastantes años, corrió un chascarrillo asturleonés sobre las mellizas ínfulas paseantes de los alcaldes de Oviedo y León, a la sazón Gabino de Lorenzo y Mario Amilivia, que decía que, empezando cada uno por un lado, si por ellos fuera, acabarían peatonalizando la autopista León-Asturias. No se llegó a concretar porque a Amilivia su partido lo arrumbó a un importante cargo institucional y Gabino trocó sus aficiones andariegas por la fotografía taurina y nocturna, sacando unas instantáneas medievales de Vetusta bajo la pálida luz de la luna que eran bastante molonas, la verdad, y, aunque exigieron cortar la corriente al alumbrado público para realizarlas, se pensó que, viniendo de un alcalde la iniciativa, tampoco era cuestión de criticarle por preferir el arte al deporte, aunque le gustasen los toros. Luego, cuando empezó a poner estatuas de Botero en las plazas más céntricas de la ciudad, las élites artísticas locales se replantearon la cuestión sobre la competencia en cuestiones estéticas y hasta metabólicas del regidor, concluyendo que el asunto se les había ido de las manos claramente por no haberle puesto dieta a tiempo.

Antes de que pase tiempo en el cargo de alcalde, con el peligro de adocenamiento que ello supone, a uno le gustaría apuntarle a Antonio Silván algunas de las inefables singularidades leonesas en asuntos de circulación, aunque él quizá ya las habrá notado cuando visita Valladolid en su calidad de procurador, por si puede hacer algo. La primera sería esa costumbre inveterada de poner los pasos de cebra detrás de contenedores de basura y paradas de autobús, con el consiguiente peligro para los viandantes pues el conductor que sobrepasa al bus detenido, por despacito que lo haga, va siempre con la sensación de estar en un safari sorpresa. Si, además, ocurre en esa Zona 30 con la que a algunos les gustaría convertir León en una renacentista ciudad-atasco, la emocionante aventura se traslada a los peatones, pues en esas isletas que han puesto para acortar los pasos de cebra aparcan repartidores y gentes que hacen un recado y el ciudadano que ha sobrevivido al descenso del bus tiene la ocasión de volver a sentir el placer de jugarse la integridad, en una ruleta rusa callejera, municipal y gratuita. De la Ora, finalmente, qué decir: ya la pintan de tres colores y, al trote que van, acabará siendo multicolor como la bandera gay.

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