Paraíso del dinero
N adie que haya estado en Panamá recientemente podrá mostrarse sorprendido ante las revelaciones sobre las actividades financieras —en muchos casos sospechosas—, que la han convertido a la ciudad en un paraíso para el dinero. Muchos opinan que quizás acoge más fortunas de origen dudoso y razones para mantenerlas secretas, que en la propia Suiza. La diferencia es la discreción con que Suiza mantiene las actividades bancarias tradicionales y, en cambio, Panamá lo hace con verdadera ostentación. Basta sobrevolar la ciudad y contemplar el nuevo paisaje urbano de torres que compiten en altura, surgidas en poco tiempo donde antes proliferaban las viejas y destartaladas casas de madera que recordaban los años duros de la emigración africana convocada por la abundancia de trabajo, penoso y enfermizo, que proporcionaban las obras de construcción del canal.
Panamá, con su enrevesada configuración geográfica y la curiosidad de hallarse asomada a los dos océanos, es un país pobre en la interpretación tradicional de la palabra. No es un productor importante de materias primas y sus posibilidades turísticas, con algunos atractivos en sus islas o el espectáculo del paso de los barcos por la esclusa de Miraflores, tropieza con el calor tropical que saluda al visitante a su llegada. El clima y la incomodidad de una ciudad espesa, donde la especulación ha privado al peatón de aceras y condenado al conductor a grandes atascos, resulta poco gratificante.
Pero a cambio Panamá está en una excelente situación estratégica privilegiada que sus gobernantes, a menudo poco ortodoxos en su integridad pero siempre pragmáticos, han sabido aprovechar, primero manteniendo la Zona, una colonia militar norteamericana que partía en dos el país y restaba dignidad a su soberanía pero lo compensaba con cuantiosas sumas de dólares, la divisa circulante con el nombre de Balboa, moneda que ni siquiera existe en billetes impresos, en el mejor de los casos apenas se encuentra en calderilla predestinada a los coleccionistas.
La libertad financiera se inició en el puerto libre de Colón, segunda ciudad del país, y gravita sobre la libre circulación del dólar, con un margen de descontrol inimaginable en Estados Unidos, así como en una legislación permisiva que se complementa con índices elevados de corrupción. Al recorrer la ciudad, llama la atención la cantidad de bancos entremezclados con hoteles, casinos y, más discretos, con gabinetes especializados en operaciones financieras offshore y resquicios legales para protegerlas.
Nada puede sorprender que entre aquella maraña de edificios levantados a toda prisa, además de voluminosas actividades lícitas de carácter internacional, se cobije y prospere mucho dinero fácil procedente lo mismo de la corrupción política que de la evasión fiscal y, por supuesto, del narcotráfico.