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FRANCISCO J. LóPEZ RODRíGUEZ PROFESOR
León

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L a religión católica desde Roma ha sido vejada, perseguida, idolatrada, manipulada. Por la religión murieron miles de personas. La religión, en la teoría marxista-comunista, fue el opio del pueblo. Para los emperadores romanos la religión era el enemigo del pueblo. Se la tenía como un virus que contagiaba a la Roma imperial.

Muchos fueron los bulos que corrieron sobre los cristianos en aquellos siglos: practicaban el incesto, eran caníbales y culpables de los desastres naturales. La primera acusación era una distorsión de la enseñanza cristiana sobre el amor (ágape) entre hermanos; la segunda sobre la participación en la mesa del Señor; la tercera les achacaba la responsabilidad de los males que aquejaban al Imperio desde que el cristianismo había hecho su aparición.

A lo largo de la historia contemporánea de España anterior a la Guerra Civil de 1936, la violencia ejercida en contra de las personas relacionadas con la Iglesia católica, los símbolos de su religión o sus intereses, marca los rasgos más destacados del anticlericalismo español, que surgido en el ideario político liberal, luego sería retomado por las corrientes republicanas más radicales y del movimiento obrero.

La Revolución fue acompañada en los primeros meses por una escalada de terror anticlerical que sólo entre el 18 y el 31 de julio, causó la muerte a 839 religiosos, prosiguiendo durante el mes de agosto con otras 2.055 víctimas, incluyendo a 10 de los 13 obispos asesinados en el total de la guerra, es decir, un 42% del total de víctimas registradas.

Los asesinatos de religiosos y la destrucción de edificios de culto sucedieron inmediatamente a las noticias de la insurrección sin que en ocasiones quedara claro que bando se haría con el control definitivo de la localidad. En Sevilla las iglesias ardían la misma tarde del 18 de julio resultando muertos el párroco de la barriada obrera de San Jerónimo y un salesiano vestido de civil, cuyo cadáver fue arrojado a la iglesia en llamas de San Marcos. Uno de los ejemplos más destacados entre los casos de la brutalidad revolucionaria de 1936 aconteció en la diócesis de Barbastro, la de mayor mortandad del país entre sus miembros incardinados pues se causó la muerte a 123 de los 140 sacerdotes, es decir, el 88% de sus miembros incluyendo a su obispo, además de 51 frailes claretianos, 18 benedictinos y 9 escolapios. En otras diócesis la proporción de religiosos asesinados alcanzó cifras considerables, como la de Lérida con el 66% de miembros ejecutados, Tortosa el 62%, Málaga al 48%, Menorca el 49%. Toledo perdió al 48% de los religiosos. En Madrid, con 334 sacerdotes fusilados, perdió al 30% de su comunidad religiosa, Barcelona al 22% con 279 muertos y Valencia al 27%, con 327 víctimas.

La violencia en contra de la Iglesia católica era asumida por los líderes obreros. Así, el líder del Poum, Andrés Nin, en un mitin llevado a cabo el 1 de agosto de 1936 proclamó que la «cuestión religiosa», a diferencia de la ineficaz legislación republicana «burguesa», había sido «resuelta» gracias a la acción revolucionaria de la clase obrera.

¿Qué diferencia hay hoy con respecto a las persecuciones de ayer? Hoy no se mata, hoy se tortura. Hoy hay muestras de la venganza religiosa. Hay muestras de que la religión hay que desterrarla de la sociedad. Los partidos de izquierda lanzan soflamas contra la religión. El Partido Socialista, muy progresista y también vengativo, la elimina del aula. Podemos la expulsa de la sociedad e incluso sus líderes se atreven a vejar los símbolos religiosos y no respetan nada y son liberales. Son impresentables, vengativos, incendiarios mentales, pertenecen a una sociedad ácrata. Si logran alcanzar el poder, el suelo patrio sufriría la mayor persecución religiosa del siglo XXI. Todo símbolo religioso desaparecería de las ciudades, de los centros de enseñanza, de los hospitales. Al igual que en la República, las masas incendiarias saldrían a la calle para dejar el suelo religioso en la soledad del desierto.

Estos políticos de la nueva hornada son impresentables, irrespetuosos, antisociales y en su sentir están abrazando el nacismo, el fascismo y, de manera especial, el comunismo como forma social. Puesto sobre el tablero y contando los muertos el comunismo está en el ranking de la barbarie. Esta sociedad española está ávida de venganza. Lo que ha hecho la concejal Rita Mestre, enseñando sus ‘encantos’ en una capilla universitaria, la vejación en el Ayuntamiento de Barcelona con el Padre Nuestro. La exaltación de un tal Kiche en el Ayuntamiento de Cádiz al gobierno chavista, los pactos de Podemos con Bildu en el País Vasco. El sacrilegio de formas sagradas en Navarr. En Madrid, un concejal llamado Zapata veja a Irene Villa, víctima de ETA. Otros, que interpretan la muerte de Miguel Ángel Blanco como resultado de la situación política. Son manifestaciones de exaltados y mentes retorcidas. Todos estos guiados por el progresismo, insultan todo aquello que represente a la religión católica. Viven en una selva y sus sentimientos están llenos de ponzoña carroñera.

Apelamos al sentido de la sociedad para que se rebele contra este animalismo por llamarlo de alguna manera, ya que los carroñeros cuando están hartos no cometen tal barbarie. Solo estos seres humanos son capaces de degollar los sentimientos. Deben ser desterrados de la sociedad. Pero todos los que los apoyan, la mayoría, están esperando el reparto del botín, es decir, una paga por vida, porque independiente de la crisis, en este país sigue habiendo mucho vago y maleante. Estos son unos cobardes, mezquinos.

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La sociedad es cómplice de estos desmanes. Allá las conciencias de quienes apoyan a los nuevos vengadores.