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al trasluz eduardo aguirre
León

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F ui a San Isidoro a participar en el homenaje a Cervantes y no pude leer un fragmento de ‘Don Quijote’. Culpa mía. Había un turno previo establecido, única forma de no terminar los organizadores como la razón de la sinrazón. En el próximo aniversario de su muerte me apunto antes. Bromas aparte, me encuentro inmerso en la finalización de una conferencia sobre el humor cervantino, que impartiré en un lugar de la provincia no de cuyo nombre sí puedo acordarme, pero que aún no debo concretar. Recuerdo que la última conversación que tuve con mi padre estuvimos hablando de ‘Don Quijote’. Mantenía que, a mayores del célebre octosílabo ‘En un lugar de la Mancha’, la obra ocultaba un borrador en verso. Mientras pulo mi conferencia, pienso en Cervantes y me siento orgulloso de ser español. Aunque, ay, murió pobre y sin galones, pese a que su novela era conocida incluso por los analfabetos, la amplia mayoría de la población. La conocida como primera parte salió en 1605. Luego, un tal Avellaneda publicó en 1614, por su cuenta, un segundo tomo con otras salidas. Podríamos perdonarle el atrevimiento si le hubiese movido la admiración o el hambre, pero su obra fue pergeñada con envidia e inquina, muchos creen que en círculos próximos a Lope. Secuestró a los personajes y les hizo diferentes. Peor aún, en su prólogo se mofa del propio Cervantes y le llama «viejo, manco, deslenguado...». Su novela no contiene la risa y la piedad cervantina, ni lo que es más importante: su pureza. A Miguel de las heridas le manaba oro. Pero aquella afrenta le motivó para escribir una segunda parte, aún mejor que la primera. Hay cervantistas que piden leer «sin prejuicios» el mal llamado «Quijote apócrifo». ¡Y un cuerno quemado!

Don Quijote muere pidiendo perdón por sus desatinos, por confundir ideal con realidad.

Cervantes escribió, cuatro días antes de fallecer, en el prólogo de su Persiles: «Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida». Quijotesco hasta el final.

Don Quijote, santo patrón de los perdedores, media por nosotros para que esos gigantes que nos amenazan ahí fuera, finalmente, resulten ser molinos de viento.

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