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MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
León

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Hay una Europa de los unos y una Europa de los otros. La Europa de los unos puso en su día los ladrillos del continente que hoy tenemos delante del hocico, todo —en principio— bien repartidito y bien ordenadito. Tan curiosín como las rotondas holandesas o las aceras de Baviera. Tú haces esto y tú, lo otro. La gente de por aquí se dedicará a tal labor y la de allá, a esa otra. Y se nota dónde estaban situados los despachos en los que se tomaron esas decisiones, tirando para la parte del Norte, porque en unos lugares habría fábricas y oficinas y aceleradores de partículas y otros serían más bien destino vacacional, zona de ocio y disfrute, barra libre y espá, un mundo de camareros de fin de semana y de escayolistas de urbanización privada o bloque de apartamentos.

Da igual que los abuelos de esos camareros y albañiles se dedicaran a criar vacas y a labrar la tierra, y vivieran en miles de pueblos desperdigados por valles y comarcas, cada uno con su propia memoria, sus ritos y sus mitos. Da igual, hemos de cuadrar el balance, tienen que salir los números. La leche se producirá en Francia y no en León, y al informático de Múnich le ha de dar el sol en Mallorca para que rinda el resto del año, así son las cosas y así las tenemos apuntadas.

Todos esos son los unos, con sus diferentes clases y castas, claro, y en lo político, alternancia y aparente variedad pero siempre dentro de un orden. Y todos teóricamente felices dedicando la vida al ordeño del capitalismo de raza charolesa, germánica o frisona.

Y en esto llegaron los otros. Los otros son todos aquellos que quedaron fuera de un sistema crecientemente deshumanizado, ferozmente implacable, que empuja a la cuneta a todo aquel que no encaje en sus moldes industriales o digitales, que no sea flexible. El joven, el crítico, el agricultor, el parado, el inmigrante, el refugiado. Ni se les preguntó nada ni se les tuvo nunca en cuenta. Unos se lanzarán en manos de la ultraderecha, otros de la ultraizquierda y algunos pasarán las noches chateando con los del EI buscando esa identidad y ese calor de tribu que la insolidaria, pesetera y calculadora Europa no les supo, pudo o quiso dar.

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La Europa de los otros está ahí. Agitándose. Medrando. Y mirando a los unos con recelo —o desprecio— creciente.