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Dr. Manuel Muñoz Rodríguez: un maestro inolvidable

A caba de fallecer un maestro en el campo de la Medicina, y eso siempre lleva anejo un cierto desconsuelo a los que hemos participado de cerca en su trabajo. Pero esa impresión primera es muy irreal. Visto con ojos de realidad, lo cierto es que lo que siembra un maestro nunca muere. Es gratificante saber que uno vive, incluso inconscientemente, de su sabia. Que siempre tenemos el consuelo de disfrutar en propia persona de lo que nos ha legado gratuitamente. Si es verdad que tener un amigo es un tesoro de gran valor incalculable, tener un maestro-amigo es lo más cercano a sentirse casi obligado al agradecimiento permanente. Por eso, qué difícil se hace resumir en pocas palabras la vida de una persona de la talla del Dr. Muñoz.

Voy a intentar plasmar unos rasgos aún a sabiendas que me quedaré muy corto. Ahora no tiene más remedio que aceptar que le dé las gracias. Muchas gracias, por habernos transmitido el buen hacer clínico, que huye de toda superficialidad, aún a costa de todos los sacrificios que conlleva. Era ejemplar su cuidado en detenerse frente al enfermo para subrayar la importancia que merece el estudio de su enfermedad. Donde muchos de nosotros casi nos dábamos ya por vencidos en el diagnóstico, él continuaba con tesón hasta que, sorprendidos, teníamos que aceptar su acierto. Un acierto el suyo que procuraba no adjudicárselo y camuflarlo bajo frases como «¡el enfermo siempre tiene razón!». Su magisterio clínico lo transmitía de forma callada, constante, y perseverante. Es un ejemplo que conservamos como un tesoro los que hemos tenido la suerte de trabajar día a día junto a él. Su enseñanza era dosificada, para facilitarnos el aprendizaje.

Su forma de trabajar estaba envuelta de una elegante distinción, que a mi parecer, se debía a que nunca perdía de vista al paciente. Todo lo demás, comparado con el enfermo, tenía relativa importancia. ¡Cuántas veces, en el día a día, le hemos visto volcar toda la energía que fuese precisa para dilucidar un caso clínico! Consultaba, y nos hacía consultar la bibliografía, indagaba y nos hacía indagar en el laboratorio o en las pruebas de imagen, etc., para ajustar lo mejor posible el diagnóstico y el tratamiento.

Nos transmitía la elegancia de un trabajo clínico bien hecho. No permitía medianías frente al paciente. Se ponía inmediatamente a nuestra disposición cuando requeríamos su ayuda u opinión, sin concebir demora en ese cometido. Elegancia que también se manifestaba en ver como sus opiniones las vertía envueltas de delicadeza, sin aferrarse a personales puntos de vista. Cuánto animaba oír sus frases: «¿has pensado en pedir esto?», o bien: «¿has reinterrogado al paciente?», o: «si te parece, vamos a explorar de nuevo…»

A los que estábamos a sus órdenes, como no éramos para él indiferentes, también sabía corregirnos con especial maestría. Esa faceta, estoy convencido, que se basaba en la confianza que tenía en nosotros, junto a conocernos personalmente, para procurar ayudarnos en dar lo mejor de cada uno. La grandeza de su personalidad se ponía especialmente de manifiesto en los momentos duros, y en cómo los afrontaba. Le hemos visto sufrir con entereza e ir por delante cuando en nuestro Servicio nos ha tocado recibir duros golpes, ¡muy duros!, como el fallecimiento de compañeros o la enfermedad invalidante de un residente. Su actitud era ponerse siempre al frente de la situación para ver cómo ayudar.

¡Muchas gracias Dr. Muñoz! También por las muchas de las cosas que me he dejado en el tintero. Estoy seguro que su labor no ha terminado, y tengo la enorme satisfacción que nos seguirá ayudando ahora con más eficacia todavía. No quiero acabar estas líneas sin mostrar mi admiración y gratitud a su mujer, la Dra. Doyagüe, Suca, que junto a sus siete hijos han sido parte esencial en su vida. Les presto, especialmente en estos momentos, el apoyo de mi oración.

Juan Llor Baños. Adjunto Medicina

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