Treinta añitos
P ese a que la elegancia consiste en no ocuparse demasiado de uno mismo, y aunque no sea un hito histórico para el devenir del periodismo, quiero compartir con los lectores que por ese juego de azares y estrategias que es la vida, hace 30 años exactos que entré en esta santa casa, el Diario de León, con unas expectativas que en aquel momento parecían utópicas. Ha llovido mucho desde 1986, claro, aunque sigo pensando que no existe mayor satisfacción que ganarse el pan haciendo el trabajo que a uno le gusta. En mi caso, y después de tantísimas horas de vuelo, creo que el secreto de la longevidad profesional consiste más que nada en no morirse. Y también en seguir la regla no escrita del columnismo: existe lo que la gente quiere oír, lo que la gente cree, todo lo demás y, por último, está la verdad. Estoy convencido… -bueno, es una forma de hablar porque no estoy convencido de casi nada y, como dijo el poeta, solo tienen razón los cementerios- de que no se trata de convertirse en un gurú del sector, ni tampoco pretender ser una suerte de brújula moral enfrentada a un Estado fullero e impertérrito, sino simplemente disfrutar de lo que haces incorporando al asunto el respectivo ADN personal de cada uno.
Sigo fiel por tanto al precepto dominical con mis lectores, aunque la verdad es que me cuesta muchísimo adscribirme a esa corriente que podríamos denominar “articulismo serio” pues considero que, tomado a cuentagotas, el humor es la más acabada invención del lenguaje humano, aparte de echarme un capote a la hora de velar mi docta ignorancia en demasiados temas. Y es que no tengo otra escuela que el oficio, pero de algo me ha servido a la hora de escribir estas columnas que son una especie de libro de cuentas, que registra cada domingo los hechos más llamativos y sangrantes del día a día. Vivir es hacer memoria y también ser agradecido, así que estoy encantado con el soberbio reloj de oro y diamantes que me han remitido discretamente los jefes para conmemorar tan redonda onomástica. Gran presente para un honesto mercenario de la pluma, como es mi caso.