Lágrimas en la lluvia
L levo seis meses documentándome para mi nuevo libro, mis fuentes bibliográficas estaban en la carpeta ibooks de mi ipad, unos doscientos libros leídos a mano armada; o sea, anotados y subrayados. No sé ni cómo ni porqué todos esos libros han migrado a la nube y ahora ni sé cómo bajarlos ni cómo subir yo. Montse, mi ángel guardián para estas cosas, me dice que ajo y agua. Primero me acordé de la madre el inventor de la nube y después pensé en mi amigo Monedero, que quiere asaltar los cielos. A lo mejor solo quiere acceder a su biblioteca perdida. O tal vez derrocar a los dioses del «consumo, luego existo» e instaurar otros nuevos que abdiquen de la espiral tecnológica, la obsolescencia planificada y el culto al dinero. Monedero es un visionario que siempre van un paso más allá que los demás, posa la mirada donde otros no llegan, pero…siempre hacia atrás. Es un visionario neofóbico, tiene fobia a lo nuevo y reivindica el instinto atávico de ir por las rutas trilladas de toda la vida de Dios. No sabes cómo te entiendo, Juan Carlos.
He pagado una pasta por una tele que tiene micro dimming pro y otras virguerías, pero no sé muy bien cómo meterle el spotify y los altavoces bluetooth. No solo mi tele nueva me dice que soy un inadaptado, todo conspira para amargarme la vida: también mi ipad y los designios de los ocultos poderes que gobiernan el mundo. La culpa de todo la tiene el dinero. Todo es dinero y solo dinero, su dictadura ha expulsado de nuestros intereses vitales la confianza, el sosiego y la salud. El planeta se calienta, pero el calor ha desaparecido de las cosas y se han enfriado los corazones. El dinero es frío y el consumo no nos calienta ni el ánimo ni el alma.
Poco antes de quitarse de en medio, Stefan Zweig escribió El mundo de ayer, un canto melancólico a unos dioses que se volatizaron como las lágrimas en la lluvia de Roy Batty, el replicante de Blade Runner. También se han volatizado mis libros digitales y me he acordado de una supuesta frase del oncólogo Drauzio Varella: «En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del alzheimer. De aquí a algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven». Varella nunca dijo eso; pero la frase es lúcida. E inquietante como el comienzo de Lo que el viento se llevó: «Hubo una tierra de caballeros y campos de algodón llamada viejo Sur. Aquí en este precioso mundo la galantería hizo su última reverencia. Ahora no es sino el recuerdo de un sueño que el viento se llevó. Búsquenla en los libros».
¿En qué libros?, los míos se los tragó la nube.