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fuego amigo ernesto escapa
León

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L a montaña leonesa es una amplia comarca natural articulada por la cabecera de diez valles fluviales que reparten sus aguas en tres cuencas hidrográficas. Los ríos extremos, al Cantábrico, por Asturias, y al Atlántico, por Galicia; los medianos, al Duero. Demasiada cordilllera para un trago. Para evitar el extravío de la desmesura, tradición y costumbre parcelaron la montaña en espacios comarcales que permiten ir por partes. Aunque se está imponiendo el etiquetaje más burdo: oriental, central y occidental. Podría tolerarse el afeitado si no conllevara la jubilación de una cartografía elocuente, depositaria de siglos. Porque en nuestra montaña la cabecera de cada río alimenta un territorio singular.

Tomada en su totalidad, el Torío surca el centro de la montaña. Por eso, su comarca se llama la Mediana, que es una expresiva manera de ir al grano. Aquella nomenclatura no engañaba a nadie. Arbolio nombró un territorio poblado de árboles en el que la vegetación vuelve a ganar terreno, después de siglos de talas e incendios: recuperan su porte los robledales de solana y los majestuosos hayedos que cobijan las umbrías. El mayor atractivo de esta montaña mediana es su escenario natural, que combina la angostura de las hoces, la fantasía de las cuevas y el sosiego de los valles. Hace medio siglo se inauguró en Valporquero una cueva cuyo pétreo arbolado fue banderín de enganche para el incipiente turismo provincial. Apenas rebasadas las Hoces de Vegacervera, un desvío en Felmín hacia las cumbres encauzó durante años las excursiones familiares. Así que la gente se fue olvidando de lo que había al fondo de este valle sin salida. Con lo cual se perdió la belleza fluvial de los Pontedos y el jardín solitario de Piedrafita.

Las hoces del Torío exhiben torceduras, muestran oquedades, enseñan grietas y cobijan desgarros. En el lecho del río son frecuentes las llamadas marmitas de gigante, cuencos en la roca labrados por la furia invernal de los cantos rodados. Este espacio natural presenta buen estado de conservación, a pesar de la travesía asfáltica. Pero la condición geológica no debe confundir respecto a la fragilidad de su equilibrio natural. Al final de las Hoces se alza a la derecha el calero de Felmín, felizmente recuperado de su abandono. Estos hornos decimonónicos son frecuentes en los desfiladeros calizos de la montaña leonesa. El rescate de este ejemplar permite apreciar el ingenio de los caleros. Un panel explicativo ilustra sobre su funcionamiento para conseguir cal del mortero de las rocas. Ya en la cueva, la gran rotonda de la entrada templa el cuerpo para la travesía iluminada hasta el recinto de las maravillas. Una experiencia que renueva los asombros, meciendo sensaciones y recuerdos.

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