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HOJAS DE CHOPO ALFONSO GARCÍA
León

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I nmersos de lleno en la Eurocopa de fútbol, pronto se abrirá el escenario de la nueva edición de los Juegos Olímpicos. Me lo recuerda, de forma indirecta, un delicioso libro, Septiembre negro, escrito por un periodista de esta casa, Carlos Fidalgo, con el que obtuvo el prestigioso Premio Tiflos de Cuento. Asistí recientemente a su presentación. Al abrumador conocimiento del asunto olímpico del que Fidalgo da fe con abundantísima y humilde sabiduría, los cuentos publicados añaden la sobriedad y precisión del relato periodístico y el entramado argumental dispuesto en torno a una construcción literaria refinada, elegante y llena de connotaciones. Leer uno de estos relatos entre prueba y prueba, por ejemplo, además del gozo que proporciona, posibilita otra mirada sobre esta manifestación deportiva, con frecuencia poco conocida en la actitud de muchos de sus protagonistas y que poco o nada tiene que ver con las glorias y cifras millonarias que se mueven hoy en las Olimpiadas.

Al hilo del asunto quiero traer a la consideración de quienes leen estas hojas un sucedido histórico, dicen, no exento, supongo, de ciertos arrebatos legendarios. Me lo contaron precisamente en Maratón, ciudad que da nombre a una de las pruebas atléticas, aunque lo he leído también sin poder precisar dónde. Aunque hay más de una versión sobre el acontecimiento, sí sabemos que el protagonista se llamó Filípides. Plutarco, entre otros historiadores, afirma que, al terminar la batalla de Maratón, que enfrentó a persas y atenienses, nuestro protagonista corrió la distancia —unos cuarenta y dos kilómetros— entre esa ciudad y Atenas. Al llegar a la capital, extenuado, después de anunciar «Hemos ganado», se desplomó, muerto.

Gesta y hecho se recuperaron en 1896, cuando se celebraron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Se convirtió en la prueba estrella de la larga distancia. El primer ganador fue un pastor griego, Spiridion Louis. El tercero, igualmente griego, fue descalificado por haber hecho parte del trayecto en un carro. Spiridion, convertido en héroe nacional, fue recibido por el rey de Grecia, quien, sin dudarlo, ofreció concederle lo que pidiera. ¿Se imaginan qué fue lo que pidió el ganador de la maratón ? Un carro tirado por burros para repartir agua en su pueblo, Marousi.

Nada que ver con lo que ocurre o podría ocurrir hoy. El libro de Fidalgo ofrece asombros en esa otra mirada olímpica.

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