El suicidio de las sirenas
L a sirena fascinaba con su voz a los marinos antes de perderlos. Pez de la cintura a la cola, lo que atraía no era tanto el sexo como la promesa de placer que sugería su largo cabello. Lúbrica y terrorífica, su canto en el murmullo de la espuma era irresistible porque sugería la promesa de una ebriedad de los sentidos y anunciaba de forma taimada los placeres del mundo subacuático. Pero quienes sucumbían ante sus presuntos encantos, pronto averiguaban su verdadera naturaleza. Ulises, el primer turista sexual que se dio el gustazo en tierras exóticas, cuando se iban acercando a la isla de las sirenas tanto las temía que ordenó a sus hombres que se taparan los oídos con cera; él tuvo la cautela de hacerse amarrar al mástil. El miedo lo salvó.
El miedo ha destruido más cosas de las que ha sido capaz de construir la esperanza. Es lo malo del miedo; lo bueno es que alerta al sistema límbico para adelantar el peligro y evitarlo. Los toreros que no tienen miedo no es que sean valientes, es que son temerarios y la vida acaba cortándoles la coleta. Valiente es el que teniendo miedo y calibrando el riesgo se sobrepone y actúa con la conciencia de que más vale renunciar a la gloria que perderse en sus espejismos.
El domingo pasado Ulises se enfrentó al dilema de elegir entre lo malo conocido y el señuelo melifluo del abismo desconocido: sirenas cuyo canto promete cielos exóticos, pero que son en realidad primas de las arpías, las esfinges, las gorgonas y otros monstruos mortíferos. Ganó la solidez del instinto de conservación aun al precio de renunciar a la vacuidad de la música celestial. En Sirenas, seducciones y metamorfosis , Carlos García Gual recuerda el viejo consejo de arrojar frascos al agua para que las sirenas se entretengan jugando con ellos y nos dejen en paz. También advierte que los amores con una sirena suelen acabar malamente, como enseña la Historia.
Lo que diferencia la Historia de España de la de otros países es su ingrediente quijotesco, esa fatalidad lírica que ignorando el principio de realidad tantas veces nos ha abismado en la calamidad. Esta vez, el electorado se amarró al mástil y prefirió el pájaro en mano de lo previsible a los ciento volando de lo inquietante.
¿Qué cantaban las sirenas para resultar tan irresistibles? No lo sabemos, pero quienes indagaron en ese enigma sospecharon que, al igual que Pabloiglesias, a cada uno le cantaban lo que más le atrajera. Tenían un canto personalizado para cada víctima, aunque todas las melodías eran líquidas y todos los estribillos repetían que «yo tengo un tío en América».
Cuenta Homero que las sirenas de Ulises, devastadas por su fracaso, se lanzaron al mar y murieron ahogadas. Game over.