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EL BLANCO ENRIQUE vÁZQUEZ
León

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E l martes fue asesinado por un terrorista islamista un sacerdote católico francés y el lunes, entre otras menudencias, fue atacada en el centro de Damasco una escuela iraní con el resultado de varios muertos y muchos heridos. El lector se preguntará por qué este artículo mezcla de entrada los dos hechos, uno muy vulgar —un ataque con coche bomba contra civiles musulmanes— y otro insólito, el asesinato con un arma blanca de un cura católico en su parroquia. La razón es que las víctimas, tan alejadas, son sencillamente percibidas como adversarios dignos de morir. Esto significa que los asesinos son suníes.

Esta diferencia es capital a día de hoy y confirma en un río de sangre que la vieja querella abierta nada menos que a mediados del siglo VII aún autoriza a escoger a las víctimas tras clasificarlas en términos confesionales según los criterios creados por los vencedores de la guerra civil en que derivó la pugna entre tendencias tras la muerte del profeta Mahoma. Es la llamada fitna (escisión o ruptura) que culminó con el asesinato del respetado Alí, yerno del profeta, y la aparición, para durar hasta hoy, de sus defensores, los chiíes, literalmente partidarios de Alí, su primer imam, asesinado en 661 y venerado hasta hoy.

El terrorismo islamista de última generación, inaugurado por Al Qaida, es simultáneamente antioccidental , anticruzados y suní, radicalmente suní, es decir enemigo de los chiíes, descritos sin rubor como monos, subnormales, infieles, cretinos y traidores. Pero es el caso que el único régimen oficialmente chií, el iraní, es el del éxito: un Estado creíble, en rápido progreso material, con unas fuerzas armadas solventes, un Ejecutivo sólido, un Parlamento activo y un papel central en el escenario desde su gran acuerdo con los Estados Unidos (y de hecho el resto del mundo) sobre su avanzado programa atómico. La otra expresión del éxito chií es Hizbollah —literalmente, partido de Dios— sin duda el partido-milicia más solvente, disciplinado, nutrido e insoslayable del Líbano. La fitna ha llegado viva y reluciente al siglo XXI y debería concluir, pero eso será imposible. Y tal perennidad en la división y el odio son un inconveniente de primer orden a la hora, llegada para quedarse, de elaborar una estrategia global contra el terrorismo islamista, sin más adjetivos, aunque sea suní, ciega y orgullosamente suní.

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