La cultura ya tiene precio
I nternet es todavía de una juventud exultante —la web fue inventada en 1990— generaciones emergentes han vinculado el uso de la red al hábito del gratis total en el consumo de artefactos culturales, especialmente música y cine.
La novedad que ha aportado el soporte digital que ha dado fácil acceso a la difusión incontrolada de material audiovisual —el mp3 acaba de cumplir veinte años— encontró la horma de su zapato en la inexistencia de normas concretas contra la piratería y en la incapacidad de la industria cultural para adaptarse al cambio de paradigma: ha costado décadas que los productores de música entendieran que el negocio fácil de vender a precio exorbitante discos de doce canciones de los que solo interesaba una había terminado.
El gratis total constituía una amenaza evidente para la propia creación: si el novelista, el compositor, el cineasta o el intérprete no pueden vivir de su propio trabajo, su actividad decaerá fatalmente y se producirá un grave empobrecimiento general.
En el caso de la música, los ingresos de la industria se han derrumbado en unos años, pero la situación —y esta es la gran noticia— acaba de pasar por su punto de inflexión y las ventas ya subieron en 2015 un 6,8% con respecto a 2014.
Eso sí, los soportes físicos siguieron cayendo a un ritmo de casi el 7% anual, pero los formatos digitales crecieron un 25,6%.
Detrás de esta inversión de tendencias está un cambio profundo en la concepción del negocio, que tiene su principal exponente en Spotify, la empresa que ofrece la posibilidad de reproducir la práctica totalidad del catálogo mundial de música por un precio módico al mes, e incluso gratis si se aceptan ciertas limitaciones y la irrupción periódica de publicidad.
Esta adaptación de la industria a la demanda y a la realidad del mercado está produciendo un profundo cambio cultural: los jóvenes empiezan a pagar disciplinadamente, conscientes de que cumplen con un deber ético.
Porque, como ha declarado el director de Spotify en España, Javier Gayoso, «nadie nos había educado contra la piratería».
Ahora, los jóvenes se han sentido reconocidos en un mundo virtual que ha impuesto sus propios criterios de racionalidad.