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AL TRASLUZ. EDUARDO AGUIRRE
León

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En este final de septiembre hay tres noticias que no entiendo. La primera: ¿por qué han dejado a Nishikori regresar a Japón sin antes haber desvelado dónde estuvo los once minutos que desapareció en el partido contra Nadal? Tampoco era necesario que nos hubiera dado grandes detalles, pero sí un gesto lo suficientemente universal para que le entendiéramos incluso quienes solo chapurreamos el japonés. La comunicación no verbal es un libro abierto. La segunda noticia que no entiendo: ¿se puede ser más cretino que Willy Toledo? En las redes sociales acaba de llamar «gusano» al atleta cubano nacionalizado español Orlando Ortega, por celebrar su medalla cubriéndose con la bandera de España. Luego, se ha sentido atacado por los medios y ha defecado: «Me cago siete veces en vuestra medalla producto de la Revolución Cubana con el ser humano y comprada con vuestro sucio dinero robado al pueblo trabajador español». Hace mucho que se subió al podio del exabrupto, disciplina en la que es el único que supera sus propias marcas. Cuando se haga una olimpiada de lo suyo, la estulticia faltosa, sin duda será oro. Pedazo de bruto. Y si él me exigiese, bajo amenaza de duelo a sable, retirar esas palabras le diría parafraseando a Valle: «Retiro lo de pedazo». La tercera noticia que se me escapa es la de las posibles elecciones. ¿Si a la tercera tampoco fuese la vencida van a seguir convocándonos hasta que una civilización extraterrestre nos explique cómo lo hacen en su planeta? El peligro es que el caso degenere en rechifla.

Rajoy ha declarado en tertulia radiofónica, dentro de un contexto irónico: «No me atrevo a decir si para Tokio 2020 habrá gobierno». Sin duda, para entonces se habrá rodado una serie sobre el enigma Nishikori y Toledo habrá seguido pulverizando sus propias marcas en zafiedad. Al actor no le podemos reprochar que entrene poco. Es incansable. Ni libra él, ni nos libramos nosotros.

En un septiembre que ya se nos deshilacha, esas son las tres noticias que no entiendo ni quizá logre entender, aparte de otras trescientas que quizá no haya entendido del todo y de alguna que me hubiese obligado a dejar a un lado el registro socarrón, para escribir con tristeza y rabia. Ay, octubre, octubre.

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