Diario de León
Publicado por
la gaveta césar gavela
León

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E l pasado lunes falleció en Castellón Mariló Revuelta, mi mujer. Aquella chica que había conocido en Valencia hace ahora cuarenta años justos, cuando ella tenía veintidós y yo uno más. Cuando mis planes de funcionario vagabundo y sentimental pasaban por dejar el Mediterráneo y regresar al Noroeste. Pero allí estaba aquella mujer bella, luminosa y noble. Nos casaríamos cinco años después y desde entonces vivimos un largo matrimonio en el que hubo siempre amor y complicidad, aunque también etapas difíciles porque éramos muy diferentes. Etapas que acabarían resolviéndose en el abrazo y la comprensión.

Ella venía de una familia casi literaria. Su abuelo paterno era un joven aristócrata lituano, arquitecto y políglota, que huyó de la barbarie bolchevique en 1917 y que después de ser inmigrante sin recursos en Bilbao y avituallador de barcos en Málaga, se pasó a los negocios del carbón en el Madrid de la postguerra, lo que le llevó a mantener vínculos con el Bierzo. Sus padres se habían separado en 1961, algo insólito en la burguesía de la España del nacionalcatolicismo. Su madre era una mujer hermosísima, de rasgos eslavos, que vivió a fondo la heterodoxa tempestad de la pasión. Su padre era un madrileño culto y republicano, gran sabio de cafés, toros y política. Un especialista en derecho financiero que recitaba de memoria muchos poemas clásicos españoles.

La nuestra, sin embargo, fue una vida mucho más sencilla y discreta. Ambos empleados públicos, combinábamos el trabajo con nuestras auténticas vocaciones. Las de Mariló eran la gimnasia, el hogar y el cine, y la mía esta vieja y querida costumbre de escribir. A la vez, siempre fuimos los dos, cada uno a su modo, un poco niños. Nunca nos desentendimos de la muchacha o el muchacho que fuimos a los catorce años. Con sus sueños e ilusiones y con un cierto toque de extrañeza.

Fuimos una pareja que amaba la soledad y que pagaba con gusto el precio de preservar esa independencia. Nada nos gustaba más que estar cerca del mar, en nuestra casa de Les Platgetes de Bellver. Allí fuimos muy felices durante más de treinta años, en los veranos y los fines de semana. Los dos a nuestro aire, protegidos por los árboles y con el ruido del mar en la noche.

Mariló tenía una mirada limpia, confiada y cálida; y vivió siempre con entusiasmo y alegría. Desde el pasado diciembre, sin embargo, tuvo que afrontar una enfermedad muy cruel y muy tardíamente diagnosticada, que quiso mantener en secreto. Fue una infame jugada del destino para quien siempre había sido ejemplo de vida sana y de optimismo. Su muerte es muy dolorosa. Una fuente de infinita melancolía para nuestro hijo Alejandro, para mí y para todos los que la queríamos. Solo nos consuela pensar que su sonrisa y su memoria fecundarán nuestro tiempo nuevo. Desde el inmenso amor que siempre le tendremos.

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