Una luminosa imperfección
Hace ya años, tuve ocasión de entrevistar en León al escritor Dominique Lapierre, quien me habló sobre su relación con la madre Teresa, hoy santa. El escritor me contó algo, que ya he escrito antes aquí, pero quizá merezca la pena recordar. Había superado un cáncer y decidió hacer una importante donación de dinero a quienes ayudan a los más necesitados. Sin conocer a nadie en la India se traslado allí para entregarle un cheque a la religiosa. Llamó a la puerta de la casa central. «Buenos días, vengo a entregar un donativo...». La monja se limitó a sonreír y a pedirle que entrase. La madre Teresa le dijo nada verle; «Le estábamos esperando». El escritor no salía de su asombro, pues había viajado de incógnito, nadie conocía su intención. ¿Cómo podían estar esperándole? La madre Teresa se lo aclaró: «Acabábamos de rezar para pedirle al Señor que nos mandase un dinero urgente que necesitamos para obras de caridad». Y apareció él, mecenas inesperado al que se le estaba esperando, aunque allí nadie supiesen quién era o qué libros había escrito. De esa perplejidad nació «La Ciudad de la Alegría» y su intenso compromiso con el proyecto de la ahora santa.
Leo al respecto en El País un artículo titulado «Santos no siempre ejemplares», en el que su autor nos informa de que no era tan santa pues tenía graves defectos, ante lo que uno concluye que el periodista ni ha comprendido qué es la santidad ni qué los defectos. No creo que san Pedro fuese perfecto. Teresa de Calcuta tuvo defectos y debilidades, en cuanto no era Dios. Tenerlos formó parte de su viaje.
No se trata de temerle a la verdad biográfica, sino de percibirla en su condición poliédrica. Cuando Bergoglio salió elegido papa algunos medios dejaron caer insidias sobre su actuación en la dictadura argentina. Es mucho más sencillo: los pontífices también tienen defectos. Al principio de su papado se le pidió que se definiese y dijo: «un pecador». Me pregunto cómo se definiría el autor de dicha información sobre la santidad con sombras. «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia», se dice en el Nuevo Testamento. Una de esas frases cortas que al gran periodista Graham Greene le hacían alzar su vaso de whiskey y exclamar: ¡Amen!».