TRIBUNA
Revestir la historia, o el juego de las matrioskas

L o tenía prometido? No sé si el lector de hoy, que puede ser el mismo que viera en este medio unos apuntes míos sobre el «desamor a España», un ensayo de Juan Pedro Aparicio premiado con el internacional Jovellanos 2016, esperaba mi comentario crítico sobre su real contenido. Si así lo dije, me suena presuntuoso, y pido disculpas. Cuanto sigue no es más que mi modesta percepción de la obra, desde la sencilla condición de leonés de a pie, eso sí, estimulado siempre por el compromiso con lo leonés.
Como anécdota inicial, cuando el librero me entregaba el tomo plateado, premiado y a la venta, titulado: Nuestro desamor a España, dada la coincidencia de estar en Cataluña, pensé que iba a hacerme algún comentario al respecto. No fue así. Pero al mostrármelo y decir: «es éste… El desamor a España que me encargó», creí percibir en los más próximos en la informal fila de espera, un punto de curiosidad. Un desamor, pensé, en el que debemos participar todos, a tenor del ‘Nuestro’, del título.
A modo de aperitivo, en la propia calle y caminando, hice un repaso del índice, y volar las hojas dejándome abanicar por las ideas que las primeras líneas de algún capítulo me sugerían. Me quedé con lo de Castispaña, primera motivación; y lo guardé en la bolsa.
Pasados unos días, fruto de la detenida lectura de cara al mar —esto sí que me lo tenía prometido— habiendo «buceado» en su contenido sin faltarme oxígeno, pero absorto en la pertinaz lectura, pronto supe que, desde mi condición de leonesista y modesto diletante de nuestra historia, iba a encontrar bastante más de lo que esperaba. Y hube de subrayar palabras y frases, para fijar ideas, con satisfecha profusión. Aparicio ensayaba para España, y más allá de sus fronteras, con la gran claridad de quien conoce el tema, le afecta muy de cerca y lo muestra con rigor; y ahí estábamos nosotros, los leoneses; no es que nos busque expresamente, ¿o sí?, en verdad, somos algo más que la «salsa».
El neologismo Castispaña, que así lo cita, no tarda en colocarlo en sus páginas, y a fe que resulta atinado para hablar de España y la Castilla primigenia, revestida por los relatores de la historia de «un halo de majestad, espeso», tan volátil y etéreo como sus mismos origen, y un pueblo español identificado con Castilla; a tal fin, para su discurso, va buscando con rigor la apoyatura en libros y autores vitales para ello.
Cada capítulo, con justeza titulado, tiene su matiz esclarecedor. Desde el primero, el «Secreto de España», que se ha de buscar en la Edad Media; hasta el último epígrafe: «¡En marcha hijos de la patria!»; su esfuerzo ensayístico pasa por lo que fue históricamente, lo que se ha dicho, manejado y alterado… desde Ximenez de Rada, por mentes historicistas. «Castilla para asumir su condición de proto-España necesitaba absorber el Reino de León». También fortalece su decir con otras de cabal justeza.
Por ejemplo para ratificar que la religión Católica es protagonista y dirigista en la historia española, busca la complicidad de José Álvarez Junco; no sin dejar señalado que «León, según tradición, era el reino cristiano dominante». Y que fue éste sobre el que la Iglesia Católica, el papado, no sólo desde el poder temporal jugó sus bazas coartando la política real leonesa, la del Regnum Imperium Legionense. Y cómo trataron de doblegar la voluntad de Alfonso IX, con tres excomuniones, (sin olvidar los interdictos que afectaban directamente al pueblo), datos éstos «merecedores de una atención especial», dice, y que sin duda van en clave leonesista real e histórica.
En todo cuanto atañe a nuestro último rey, Alfonso IX siempre usa en preferente cita a don Julio González, excepcional y muy alejado del historicismo, que escribió sobre el tema en época franquista, con la pulcritud de quien sabe navegar sobre los hechos.
Me resultó por demás interesante su juego comparativo de matrioskas. Fernando III, por fin rey de Castilla y de León, con la toma de Sevilla poniendo casi fin a la Reconquista, es la primera de éstas, cual inicial embrión pronto a madurar… Castispaña, a la que arroparán con sucesivas muñecas taimados historicistas.
En el último capítulo, y cerrándolo, nos dice que ese juego de matrioskas, no es otra cosa que »modelo de vida colectiva, metas sociales y políticas»…en las que los españoles, entiendo yo, sin la estricta neutralidad por parte del Estado en materia religiosa, impedido el laicismo, no hemos alcanzado la madurez de Occidente.
Sobre el desamor a España, «consciente o inconsciente», perdóneme don Juan Pedro mi endeblez argumental al decir sencillamente que, a título personal, no lo he percibido. Prevención hacia la muy bien bautizada Castispaña, ¡toda!
Sobre aquella hipotética losa, Castilla, de su primer ensayo sobre la identidad leonesa, que definió como bloqueo permanente para lo leonés, en mi modesta apreciación está, con la obra ahora premiada, y su amoroso buril de buen escritor, y leonés, grabando algo más que un epitafio: el nudo y desenlace, el culmen, en un estudio serio y bien argumentado sobre el Regnum Imperium Legionense, gran antecedente para España. Imposible desgajarlo de su historia.
Pero en el libro hay más, mucho más, tan llamativo como ilustrativo y expresado con belleza literaria, de ahí que aliente, sin reserva alguna, a su lectura. Justo el premio que le han otorgado. Como leonés, y por leonés, ¡gracias!