Alzada babiana
D espués de los penúltimos ajustes, respondiendo a mordiscos de la otra parte, no es fácil saber por dónde transita la frontera real entre Babia y Asturias, desde Somiedo a La Cubilla. Así que mientras las enmiendas se incorporan a los mapas, cada cual va acomodando la cartografía a sus afectos. Porque Valladolid no urge la mudanza y Oviedo qué más quiere. Algunos montañeses de esa periferia, para combatir las inclemencias del invierno, adoptaron la costumbre de levantar la casa en otoño y trasladarse con familia, enseres y animales de rumia o domésticos, a zonas más cálidas. Son los vaqueros de alzada, y Torrestío exhibe en su nombre esa condición estacional, de lugar de veraneo.
Desde hace unos años, el ayuntamiento de San Emiliano se propuso recuperar aquel itinerario de los vaqueros de alzada en una travesía que desciende hoy y mañana desde Torrestío a la marina de Las Regueras y Gozón. Durante mucho tiempo la alzada se hizo con San Miguel, de finales de septiembre a la Cruz de mayo. En octubre salía el vecindario cargado con los enseres y conduciendo los ganados. Los carros quedaban para el laboreo y arriería del verano, que enfilaba los mercados de las tierras llanas. Como transitaban por vericuetos abruptos, no hacían la mudanza a rueda, sino fiando el porte de la cacharrería y de los más pequeños a la docilidad boyal, de manera que los animales les acunaban el viaje entre sus cuernos.
La antología literaria de este pueblo ganadero abarca de Jovellanos a Luis Mateo Díez, pasando por Víctor de la Serna o Juan Antonio Cabezas. Desde el escrutinio de Jovellanos a Ponz, que pasa revista al origen y costumbres de estas gentes trashumantes, y que un siglo después aprovecha nuestro Gil y Carrasco, hasta la minuciosa confidencia de Cesáreo Alba a Luis Mateo, con una singular parada en La montaña rebelde , de Cabezas. La novela de Juan Antonio Cabezas se sitúa en Busmaría, una braña de Somiedo cuya apacible convivencia bucólica trastorna la galerna de la guerra civil. Como todos los lugares de alzada, alterna el bullicio veraniego con la postración invernal, cuando ya se queda sin gente.
Los babianos permanecían en la marina asturiana hasta mayo, cuando volvían con una media de hijos que oscilaba entre cinco y siete por pareja. Los veranos los aprovechaban en la arriería, mientras las mujeres cuidaban el ganado. Pero la alzada obligaba a los vaqueros a la endogamia y eso les granjeó un cierto malditismo, similar al de los pasiegos y maragatos. También la atribución de una procedencia remota, como celtas insumisos a los romanos, mozárabes varados en la cordillera o moriscos traídos de las Alpujarras. Por esa costumbre ambulante, los demás pueblos babianos llaman moros a los de Torrestío.