Cosas
Han terminado por vencernos, por ahogarnos, a fuerza de dárnoslo todo, he ahí el secreto de nuestra abulia. Vivimos hundidos hasta el cuello en un pantano de cosas, una marea movediza y confusa de objetos multiformes que nos persigue allá donde vamos, y que rebosa desde cualquier rincón. Abres un cajón, y cosas; destapas un tarro, y cosas; husmeas tu correo electrónico, y cosas, cientos de cosas. Te adentras un día en el siempre inquietante mundo de los armarios roperos, y para de contar con la pelea que allí te espera. Todo el día ha de estar uno convertido en la ratita presumida del cuento, escoba en mano, atento a que las cosas —ese proliferante ejército de bichos—, no se multipliquen demasiado, batallando contra ellas, manteniéndolas a raya. Es un trabajo duro y extenuante, y el menor descuido te hace perder la lucha, ser arrastrado por la avalancha.
Tenían antes en los hogares cinco o seis cosas como mucho, y por eso cada una quedaba valorada en la justa medida. La nuez, el candil y la camisa contaban con su precisa función, su lugar en el mundo. Pero empezaron a llegar más y más chismes, manufacturas a la moda, trastos eléctricos de ímproba utilidad, vehículos, juguetes, perifollos y cartas del banco. Y la gente, ansiosa de ese tipo de chirimbolos por ser sinónimos de prestancia y prestigio, olvidó todo lo demás y se lanzó a la única tarea de trabajar horas y horas para poder amontonar cosas, cada vez en mayor número y exuberancia. Se les borró de la mente el sabor de la amistad, y la insuperable sensación de estar tumbado en la hierba mirando las estrellas. Y la redondez del silencio, y el runrún de la cavilación.
Una vez cubierto el cupo de las cosas físicas, una vez atestadas las casas con lo que en León llamamos, tan propiamente, telares, descubrieron los hacedores de dinero —la cosa por excelencia— todo un mundo nuevo de ataduras, el digital, en el que cada día hay que poner orden del mismo modo y aún de manera más apremiante que en el otro. Atravesamos la época más cosificada de la que se tiene constancia.
Y todo esto viene a raíz de una pintada entrevista en una tapia del alfoz sobarribano: «Las cosas importantes no son cosas».