TRIBUNA
¿Abocados a la desigualdad?
Q uizá los dirigentes de un país no entienden que hay que distribuir mejor la riqueza que se genera a partir del trabajo. Estos años de crisis tampoco han servido para que los que gobiernan y saben más se pongan manos a la obra y mediten cómo puede y debe llegar la riqueza a todos de una manera más equitativa. Este es el quid de la cuestión. No sé si son momentos de establecer una renta vital para todos, no lo creo aún. Si nos hacemos eco de la alta tecnología del futuro, tal vez haya que pensar en trabajar menos horas y pensar en una cuota mínima vital. No sé.
Ahora, con los tiempos que corren, apenas nos sorprende nada. Observamos que la población en general se va empobreciendo mientras que unos pocos se han enriquecido mucho más. Y a eso no atiende la clase política. Y a eso no atiende la unión de países, más preocupado de ajustar y recortar que de otra cosa. Solo miran a su ombligo, de otra manera parece irreal lo que está aconteciendo. Si a esto le añadimos la corrupción, entonces tenemos el campo abonado para que crezcan de forma fuerte ciertos radicalismos de mala digestión.
Los más sabios dirigentes, los que están allá en los asientos más poderosos, deberían sentarse y dictar normas que atendieran al bien común. No debe ser tan difícil arbitrar unas pautas por las que todos podamos caminar con holgura. No sé para dónde miran. Si tanta autoridad tienen —y en verdad que la tienen— por qué no determinan acabar con la corrupción, el paro, los paraísos fiscales, la desigualdad abusiva, los enchufes… Quizás el bosque que tienen delante les impide ver lo más cercano, es decir, a miles de personas que no llegan a final de mes, a miles de jóvenes que no encuentran trabajo, a… Este es el fin primordial de un dirigente: conseguir el bienestar de la mayoría.
Las estadísticas son terriblemente negativas: el 1% de la población tiene más riqueza que 14 millones de españoles. ¿Qué es esto? ¿Qué lectura podemos hacer de estas cifras? Casi no merecen ni un mero comentario, porque sería imposible su argumentación. Estamos creando un mundo al margen de la sociedad, estamos empeñados en quebrar el estado de bienestar no sé para qué.
Y no es una cuestión de derechas e izquierdas, cada vez más obsoleto. Es cuestión de pisar con los pies en tierra y atender a todos. No podemos gobernar solo para los más poderosos ni para una parte elitista de la sociedad. Se supone que votamos para que los que salen atiendan a todos, traten de eliminar las desigualdades, protejan a los más débiles, repartan mejor la riqueza, faciliten el acceso al ocio, fomenten la paz. Otra cosa no tiene sentido.
No digo que haya que ser todos iguales. Ni por asomo. Somos distintos y por lo tanto la distribución nunca será igual, pero eso no quita para que las desigualdades sean abismales, infinitas. Hay gente que gana más en un año que otros en toda su vida. ¿Es lícito esto? ¿Se genera tanto como para que unos ganen tanto y otros tan poco? Y aun así si la mayoría ganara lo suficiente como para vivir sin preocupación todavía podía tolerarse. Pero en el fondo no nos encajan estas diferencias. Quizás los medios aúpan a muchos a las alturas y esa fama tenga su precio, pero el resto de los mortales se deben a un trabajo y también las diferencias suelen ser llamativas. No puede ser.
Los dirigentes deben pensar en la sociedad que rigen. Tienen que sentarse y ver cómo se remedia este caos que no sabemos adónde nos puede llevar. Quizás a un caos profundo. Es hora de que los políticos se pongan de cara a la gente y nos miren a ver qué necesidades están ahí, en la cresta de la ola, a flor de tierra, en cualquier esquina. Tienen que bajar a la arena y dialogar y solucionar estos problemas de cada día, porque en ello está la esencia de la vida. Menos demagogia y más pie a tierra y aterrizar de una vez por todas. Esto es hacer política de verdad y no girar y girar para no contentar a nadie. Nos merecemos un respeto los ciudadanos.
Este verano —como todos, tal vez— me quedé atónito ante lo que se gastaban los famosos por pasar una semana en un yate. Se hablaba de 40.000 euros y de 90.000 euros. Por otro lado, hay quienes acaparan pensiones de muchos quilates: 18.000 euros al mes. Se difundió el pago de 10.000 euros al mes por cortar el pelo al presidente de un país… Queda uno atónito ante tal exhibición, ante una desigualdad inadmisible. Si por un lado da envidia ver cómo se gastan cantidades abusivas porque la vida les ha llenado de dinero, por otro se le cae el alma al suelo cuando vemos la otra cara de la moneda, la de los necesitados. Ni tanto ni tan calvo. ¡Qué injusta es la vida! ¿Por qué tanta desigualdad? Si los políticos no son capaces de solventar estos desajustes, para qué queremos la política. Son los servidores de los ciudadanos y han de meter mano a estos desajustes les guste o no. Y si no, a su casa.