Diario de León
Publicado por
AL TRASLUZ EDUARDO AGUIRRE
León

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P or motivos que no recuerdo, pero muy importantes hubieron de ser, no asistí al concierto que dio Bob Dylan en León. No entiendo la indignación porque le hayan premiado con el Nobel, aunque sí puedo aceptar la sorpresa. Revitalizó el folk inyectándole surrealismo y psicodelia, sin renunciar por ello a expresar las inmortales verdades. Su influencia ha sido inmensa en varias generaciones. De adolescente en casa había un grueso tomo con canciones suyas traducidas al español, que tuvieron sobre mi vocación de escribir el mismo efecto que el descubrimiento de Capote o de Hemingway. En mi arcón de deudas de gratitud está él. Pertenezco a una generación en la que la música, el cine y los libros fueron nuestras antorchas. Antes de que el amor llegase, lo intuíamos por las letras de las baladas de Dylan, que nos prepararon para la fragilidad, como en ese maravilloso verso de Don’t think twice it’s all right: «le ofrecí el corazón/ pero ella quiso mi alma». Fue y sigue siendo un experimentador, en sus conciertos te cuesta reconocer sus canciones más populares porque las interpreta con arreglos muy diferentes, en la huida de lo previsible. Dicen que tiene un carácter huraño y es de pocas palabras, a lo Morrison. ¿En qué manual está escrito que un artista ha de ser necesariamente un tipo parlanchín y divertido?

En España somos muy especiales. Parece que cuando el Nobel lo recibe un autor del Turulustán, que jamás ha sido traducido al español o que la editorial que lo hizo quebró hace décadas, entonces, aquí todos nos congratulamos y hacemos la ola. Cuando en 1912 se supo que Pérez Galdós estaba propuesto enseguida se organizó un comité disuasorio. Los suecos quedaron espantados y no se lo dieron. Hoy para muchos críticos, tras Cervantes está don Benito.

Quizá a él le traiga al fresco tal reconocimiento académico de los suecos. No es de la cofradía de los sociables. Ojalá el próximo se lo concedan a Antonio Gamoneda, juglar de las sombras. Aunque, si así fuese, junto a las alegrías también asistiríamos a ese lanzamiento de cuchillos que es la envida. Ah, aquellos viejos tiempos cuando Dylan cantaba en nuestro cuarto sus versos: «Era muy viejo entonces/ soy mucho más joven ahora».

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