Diario de León
Publicado por
RÍO ARRIBA MIGUEL PAZ CABANAS
León

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L levo veinte años yendo al mismo peluquero. Cuando lo comento no son pocos los que, reprimiendo un gesto burlón, se sonríen o me observan con una mezcla de ironía e incredulidad. Dan por hecho que estos no son tiempos para sostener lealtades inquebrantables y mucho menos si se trata de un corte de pelo. Mi peluquero se apellida Daniel y tiene su negocio en un chaflán de la avenida Nocedo.

Hubo una época en la que cambiar de barbero era una decisión tan crucial como hacerlo de novia. En mi niñez visitaban a domicilio y a mi casa acudía un tipo que, mientras departía con mi madre, me daba pescozones en la nuca para que no me removiese. Era un gallego sádico y meloso con un cráneo enorme. Cuando di el salto a la barbería, convertido ya en cadete, supe que tarde o temprano debía encontrar mi propio destino: es decir, un barbero distinto al que frecuentaba mi padre. Eso supuso un conflicto que coincidió con mis primeros conatos de rebeldía.

La fidelidad suele ser un sustrato de la amistad y de la fe, aunque no necesariamente tiene que ser lo mismo. Yo, para ser honesto, no soy hombre que profese ninguna fe, pero envidio un poco a quienes, desde convicciones arraigadas y profundas, creen, por ejemplo, en la resurrección o los unicornios. Los demás caminamos por el mundo como chalupas errantes más o menos desarboladas.

Estos días somos testigos de cómo, cuando las circunstancias lo requieren, algunos personajes abandonan fácilmente sus fidelidades políticas. Por lo que nos enseña la Historia, eso suele asociarse a la rapacidad y la insolencia: cuando uno ya no puede meter la mano en la caja, empieza a poner en duda muchas cosas. Bajo el tacto áspero de la sábana de una celda, los días de postín y esplendor, aquellos donde los poderosos te invitaban a la boda de su hija, toman un color vagamente enfermizo. El culo peludo y tatuado de tu compañero parece entonces, lejos del champán helado, una hecatombe en toda regla.

Las fidelidades van y vienen, claro, no es cuestión de asombrarse, pero emociona pensar en esas personas que disculpan día tras día a ladrones y mentirosos, y que, contra viento y marea, siguen votando a los suyos. Esa expresión, ««los suyos»», remite a héroes taciturnos, capaces de pegar cuatro tiros a quien ose profanar su territorio: todos recordamos cómo se las gastaba Tony Soprano cuando uno de sus muchachos metía la pata.

Vivimos tiempos paradójicos, pues, donde la fidelidad parece cosa de hipócritas o analfabetos y donde queda poco sitio para la inocencia. Tal vez por eso yo me conforme con una lealtad sucinta, de andar por casa, mientras mi peluquero, que es un excelente conversador, se afana con sus tijeras alrededor de mi inmensa cabezota.

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