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LA LIEBRE ÁLVARO CABALLERO
León

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L leva las botas de tacos nuevas con dos lazadas prietas bajo la lengüeta, las espinilleras que le acorazan desde el tobillo a la rodilla, la camiseta un poco holgada que se le ablusa al meterla por dentro del pantalón y los nervios sujetos entre saltitos a la orilla de la cal, junto al entrenador. Choca la mano con el compañero que sale, pega tres zancadas enormes como si quisiera abarcar el campo entero y, justo cuando el árbitro pita para que se reanude el juego, se oye desde la banda un berrido que le parte en dos por dentro: «No saques a ese, que es muy malo y vamos a perder». El guaje, que no levanta más de un metro y medio, agacha la cabeza y se esconde por el campo, no vaya a ser que el balón lo encuentre en un renuncio y subraye la sentencia que, con apenas 9 años, le acaba de dictar un energúmeno.

La lección es una más de las que salpican el fútbol base leonés cada fin de semana. Ahí están los campos, por todo León, en los que padres indeseables desahogan su basura y alimentan en la banda todo la retahíla de insultos, hasta incluir a los chavales del equipo contrario como diana y ser una vergüenza para los propios; en los que una abuela zarandea a un árbitro a la salida de un partido de cadetes; en los que se olvida que todo es un juego y que son niños quienes lo interpretan. El resultado viene de una educación deportiva en la que se incentiva la competitividad desde críos de la manera más ruin posible, con el ganar a toda costa como lema. La cosa empieza a pudrirse en un sistema de clubes grandes que rapiñan a los pequeños y de medianos que quieren ser grandes: directores deportivos, presidentes y entrenadores que se llevan de repente media docena de guajes de 10 años de otro club, montan tres equipos de una misma categoría mientras otros quedan sin poder salir y luego echan a los que sobran porque no son suficientemente buenos para su criterio de mierda. Hay excepciones, como Trobajo del Cerecedo, donde se educa y además se enseña fútbol; en ese orden.

El modelo predominante hace que en León la cantera sea un páramo. La Cultural, que nunca entendió que tiene que ser un elemento dinamizador para el resto y no un tirano que les esquilma, queda como un club que sólo cultiva afición cuando viene el Real Madrid. Este puede ser el año de cambiarlo, ahora que hay un equipo que juega al fútbol y brillantez en el banquillo, a pesar de que para la dirección general no sea todo más que un negocio. Fútbol es fútbol. Conozco pocas cosas mejores. Pero hay que empezar por abajo.

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