TRIBUNA
Autorretrato
L os líderes de Podemos tienen una desconcertante relación con la muerte. Incapaces, siquiera de escenificar, un gesto de humanidad con quien ya expió toda culpa, mantienen una despejada relación con Otegui; enormemente compasivo en 2003 cuando perdieron la vida cuatro «patriotas vascos» al explotar la dinamita que transportaban en su automóvil. Imaginar el destino de los explosivos constituyó entonces un atrevimiento; pura especulación. Se han hecho un autorretrato de técnica hiperrealista que no sólo abochornará íntimamente a la inmensa mayoría de sus votantes (quienes constantemente vomitan odio en las redes sociales son una reducida caterva de ociosos) sino, también, a muchos de sus cargos electos. En todo caso, los primeros podrán expresar su decepción en los «círculos» (o en las urnas) pero a los segundos no les dejan. Tal vez los más honestos (alguno me es próximo) harán tímidas concesiones a su discrepancia con la inquina post-mortem. Si lo primero es la gente, lo segundo es no desairar en público a quienes aflige una despedida final ¡Sí se puede! Erigirse en voz de los angustiados no habría de comprometer el decoro (salvo que sea una categoría burguesa) sino estimular la dignidad hasta situarla al nivel de quienes sólo pretenden justicia desinfectada de resentimiento sin entraña. Por esta vía, dejarán de ser un partido para degradarse a partida; de «delincuentes potenciales».