El incordio de las primarias
L os tiempos adelantan que es una barbaridad, decía don Hilarión, el personaje de La verbena de la Paloma. En política no está claro que adelanten —en muchas cosas incluso retroceden—, pero en innegable que cambian a ritmo vertiginoso. No hace tanto, con la irrupción en escena de los emergentes, llegaron a considerarse las primarias como algo consustancial a la regeneración democrática, y casi a la democracia misma. Ciudadanos hizo de ellas poco menos que condición sine qua non en sus pactos con otras fuerzas políticas, pretendiendo imponerlas por ley. De hecho, así figura en el «acuerdo por la gobernabilidad de Castilla y León» que facilitó la última investidura de Juan Vicente Herrera, concretamente en su primer punto.
Con el tiempo se ha comprobado que no era oro todo lo que relucía y que había mucho postureo al respecto. En las primarias de Ciudadanos, donde las ha habido, ha abundado el candidato único respaldado por el aparato y, cuando ha concurrido más de un aspirante, raro es que no se hayan denunciado irregularidades en el proceso. Las de Podemos tampoco han sido un dechado de democracia interna, ya que, aunque se vota en candidaturas abiertas, en la práctica la lista-plancha elaborada desde el aparato copa la inmensa mayoría de los puestos a elegir. El líder de Podemos no se cortó un pelo al denominar «equipo Pablo Iglesias» la lista con la que concurrió a las primarias previas a las elecciones generales.
Y ahora es el propio Albert Rivera el que no predica precisamente con el ejemplo. Aunque lleva ya diez años en el cargo —esta sería otra—, Rivera se presenta a la reelección como presidente de Ciudadanos en el congreso a celebrar por la formación a primeros de febrero. Pero lo va a hacer al frente de una lista cerrada y bloqueada, pasándose por el forro el sistema de listas abiertas contemplado en esa reforma de la ley electoral que su partido pretendía imponer a los demás. Consejos vendo que para mí no tengo.
Para el PSOE, las primarias han sido siempre un experimento casi maldito. Después del fiasco de aquellas que José Borrell ganó a Joaquín Almunia, los socialistas quedaron largo tiempo vacunados. Hasta que el deterioro del bipartidismo y el empuje de los emergentes aconsejó volver a ellas tras el declive electoral que comenzó con el batacazo de Rubalcaba. El resultado fue la victoria de Pedro Sánchez sobre Eduardo Madina y todo lo que ha conducido a la situación actual, en la que, si Susana Sánchez pudiera, las prohibiría por ‘firmán’, que así se llamaban los decretos de los antiguos sultanatos.
Hubo un momento en el que se llegó a pensar que las primarias iban a ser inevitables incluso en el PP. Pero el globo se desinfló y Rajoy se ha librado de ese incordio.