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cuerpo a tierra antonio manilla
León

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H oy ya casi nadie lleva bastón. La cacha es un recurso de excursión campestre o de anciano, aunque los viejos cada día son más jóvenes y coquetos y prefieren partirse la cadera por un tropiezo que andar portando una tercera pierna todo el tiempo, más cuando, para caerse, incluso con muleta, se bastan y se sobran los desconchones de las aceras. Es, la del bastón, una tradición olvidada, arrumbada al desván del olvido junto al sombrero y los guantes. Ni en las ciudades frías como la nuestra se usan apenas estos complementos que, además de abrigar, visten. En su época aportaban un plus de elegancia y hoy apenas se ven por las calles, aunque algunos dandis urbanos, como Manolo Cerebro , Antonio Merayo, Juan María Campal, Paco Solana y el Caminante , todavía calcen sus testas y paseen con porte patricio alimentando con el vago ruar de sus figuras la leyenda de una ciudad poética y afantasmada, que aguarda con expectación el lugar de sus apariciones.

El sombrerazo y el guante arrojado, como símbolos de respeto o reto, prácticamente se han perdido por falta de uso. Esta expresividad de los objetos cotidianos, a los que se encuentra una función discursiva, útiles en sociedad, se transforma y muta con las épocas y, aunque es más sencillo encontrarle empleos parlantes a un abanico que a una mariconera, lo cierto es que los teléfonos móviles, esos artefactos fríos y lejanos que siempre tenemos cerca y por lo común recalentados, se han mostrado imbatibles desarrollando aplicaciones comunicativas. Al remoto lenguaje de los adminículos le ha sucedido con mucho éxito el casi igual de antiguo dibujo animado del emoticono.

Más allá del abrigo que proporcionan guantes y sombreros, que es simple utilitarismo; desde el punto de vista de lo gestual, puede ser que estos hayan sido rebasados por el smartphone, pero al bastón todavía nada lo ha suplido razonablemente. Desde mi punto de vista, es urgente la reivindicación y el regreso del bastonazo a la vida pública, especialmente en el ámbito político, como manifestación contundente, cercana a la interjección pero mucho más sensitiva. Lo más parecido a esta aserción súbita y espontánea que tenemos actualmente es el zasca. Pero el zasca es al bastonazo lo que el pensamiento a la acción: un producto intelectual. De un zasca, Valle-Inclán no habría perdido la mano ni se habría callado.

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