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SILUETAS gonzalo ugidos
León

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L os políticos han tenido siempre una relación peculiar con la realidad. El último ejemplo de percepción delirante lo acaba de dar el vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado.  Una mujer le preguntó: «Si la economía va tan bien, ¿por qué las camareras de hotel cobran dos euros por cada habitación que limpian?». A la pregunta del millón Casado respondió que su hermano médico también tenía que ver a muchos pacientes durante su turno de trabajo. La prueba de que fue un desliz fue el murmullo de escándalo en una sala petada de palmeros. Pero no fue cualquier desliz, fue uno freudiano, uno de esos por los que se te ve el plumero. Como a María Antonieta cuando informada de que la plebe no tenía pan que llevarse a la boca replicó: «Pues que coman pasteles».

Lo primero que aprende un político es a no pisar charcos, por eso con independencia de su ideología todos hablan con lengua de madera, tormentas de palabras en un desierto de ideas para evitar decir lo que conviene callar. La cosa no es comunicar sino ocultar. Pero cuando la consciencia baja la guardia, se produce el accidente porque al político se le escapa lo que realmente piensa y ¡zas!, en esa inadvertencia se le transparenta el alma al desalmado. Se le ven las vergüenzas.

Lo que piensa Casado es que todos tenemos problemas y que, por lo tanto, no los tiene nadie. Lo que piensa Casado es que los problemas de una camarera de hotel esclavizada son los mismos que los de su hermano médico. Hasta un rico como Antonio Catalán sabe que no es verdad, hasta Espinete conoce la diferencia entre estar dentro y estar fuera. Lo que revela su acto fallido es que Casado podría perfectamente ser rico, médico, torero o camarero de hotel, pero no debería ser político porque, para eso, más importante que saber muchas cosas como el zorro, es saber una sola pero esencial, como el erizo: que hay una distancia sideral entre los problemas de la gente y los de la clase política. Entre los que hacen las habitaciones de hotel por dos euros y los que se alojan en ellas instalados en una posición inapelable, entre los que están dentro y el limpiabotas de Javier Arenas.

Lo que verbalizó Casado en su desliz es la clave de por qué el mundo mundial se está saliendo de quicio, de por qué los que están fuera están tan hartos de los que están dentro que ya ni les importa poner pilotos borrachos en la nave del Estado. Ante una pregunta inocente, el cabeza de huevo del PP dio la respuesta que explica la emergencia de la irracionalidad y la demagogia de «estadistas» como Trump, Le Pen, Viktor Orbán, Nigel Farage o Pabloiglesias. No solo por la boca muere el pez, también por la cabeza se pudre el pescado.

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